Mimetismo

Luis recibe un empellón de aire rancio al entrar en la concurrida salita que da al jardín. Cierra la boca instintivamente para no tragar vejez, como si así evitase adelantar su deterioro.

Hogar de ancianos “Los Trigales”. Pero a Luis más que a un hogar le recuerda a un hospital o una penitenciaría en mitad de Castilla la seca. Un lugar donde los cuerpos se consumen vaciándose de carne, dejando las pieles adheridas como bolsas arrugadas a los huesos. Donde el presente se arrastra sin prisa hacia el escaso futuro. Donde se oculta con vergüenza nuestro ofensivo final. Puta vida, piensa.

Luis, un repartidor de Interflora ramo en mano, sale al jardín y respira de nuevo la mañana del primer domingo de Mayo. Está buscando a su destinataria, Eugenia Durán Soler, “la dama marina”, que dice la tarjetita azul mar. Pero como siempre les ha ocurrido a todos le costará encontrarla.

Los padres de la que convirtieron en Eugenia Durán Soler, sabiendo que muchos animales se mimetizan para pasar desapercibidos por sus enemigos, se esforzaron por educar a su hija en lo que ellos consideraron la ley básica de la supervivencia: el no llamar la atención. Eugenia Durán Soler fue entrenada en esta técnica con precisión.

Bajo repetitivos ejercicios de opresión, represión y vigilancia, Eugenia Durán Soler aprendió a controlar e ignorar sus emociones y pensamientos homogeneizándose así con los demás para no polemizar, no confrontar, no contrariar. Eugenia Durán Soler, siempre cambiante como cualquier otro organismo vivo, aprendió a hacerlo en función de los otros. Cantó las canciones de la radio; vistió a la moda; apoyó los deportes, actividades e ideologías de masa; gastó lo que ganó comprando casi todo lo que los envidiados obtuvieron regalado, y pensó lo que la mayoría, poco y mal.

Gracias a su virtuosismo críptico Eugenia Durán Soler sobrevivió. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir, en la supervivencia no hay entusiasmo. Solo extenuante esfuerzo.

Era la tercera vez que Luis pasaba por delante de un arbusto florido y una exánime Eugenia Durán Soler sin verla. ¿No serán para mi?, dijo ella a su paso. Luis se volvió sobresaltado hacia donde la voz provenía y enfocando, trató de separar lo que eran flores naturales de flores de vestido hasta encontrarse con unos ojos ancianos; nonagenaria gelatina de lágrimas. ¿la dama marina?¿Eugenia? Sí, hijo, Durán Soler, servidora. Contradiciendo a aquellos ojos y por ello engrandeciéndola, la mujer recibió el ramo con una sonrisa entrañable e inofensiva por vacía de dientes.

Los años intentan enseñarnos a vivir en sintonía con lo que la vida nos trae, y como Eugenia Durán Soler es una experta sintonizando, en lugar de interpretar las flores como síntoma de ausencia las recibió como señal de salud y de vida. Si de verdad su hijo pensara que tenía un pie en la tumba habría gastado el dinero en gasolina para ir a verla y darle los que pudieran ser sus últimos mimos. De unos años acá el número de abrazos que recibía y su duración iban en aumento, más numerosos y largos cuanto más corto su futuro.

Antes de que Luis se fuera le pidió leer la tarjeta. Así hizo. Tardó tres segundos en completar en voz alta una frase típica. ¿Ya, hijo? Luis, condescendiente, añadió ¡vaya flores bonitas, esto es amor! Eugenia Durán Soler le sonrió y desapareció fundiéndose de nuevo entre más flores.
Aquella misma tarde, por tercera vez en el último mes, fue traída de vuelta a la residencia. La encontraron caminando en la N-430. Un conjunto de flores sobre el asfalto gris. Deshidratada dama marina al encuentro del mar.

Líneas paralelas

Con la primavera la gravedad parecía habérsele desprendido del cuerpo junto al abrigo, descubriendo por fin, la tan deseada levedad de su ser. Pesaba tan poco que desde que llegó a la fiesta se sintió flotando, transportado como el polen hacia la flor entre sus amigos, por una brisa que, de pronto, frenó en seco.

Al ver a Mía bailando, sudando ecuaciones y teoremas, Héctor cayó desde el cielo a plomo. Los 15 años en que no se habían visto parecían haberla cambiado poco más que de marca de vaqueros.

Héctor había tenido muchos profesores, pero solo ella se había ganado el título de Maestra. Si había conseguido cierta claridad mental fue gracias a la paciencia con la que Mía les enseñó a sumar manzanas con manzanas y peras con peras. Aún guardaba la TDK que les regaló a cada uno el último día de Instituto, en las que había grabado sus temas preferidos y de su mano, en las carátulas, una frase: Si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno ni es bueno el maestro. Era la despedida. Tan pronto como Mía le dio el cassette, Héctor le arrancó las dos pestañas de plástico para blindarla, sin ser consciente de que con este gesto hacía lo mismo con su corazón.
No daba crédito. Bailando frente a él tenía a la protagonista de sus diarios. Se acordó del famoso par de rectas paralelas que Mía dibujó sobre la pizarra verde esperanza oscura; y de cómo, mirándole a él, les aclaró que por mucho que se prolongaran nunca se encontrarían. Entonces, siendo adolescente y viniendo de Mía, la palabra nunca le provocó asfixia. Por la noche emborronó un cuaderno entero. Igual que aquel día, se imaginó aquellas dos rectas avanzando hacia el infinito, sin perderse ojo, guardando las distancias, siempre equidistantes, sin encontrarse, The Stones Roses, This is the one, Mía frente a él… y se volvió a asfixiar.

Para cuando los ventrículos de Héctor dejaron de darse cabezazos contra el pecho, Mía ya se había bajado del mundo. Estaba afuera, tumbada sobre el césped, mirando las estrellas con esa sonrisa de qué bonita es la vida y qué poco me quejo que el alcohol le provocaba.

Según Héctor se iba acercando, el ritmo cardíaco se le volvió a desbocar. Pero como aún mantenía en plena forma su intrepidez, se pudo tumbar junto a ella casi con naturalidad, y cogiendo carrerilla se lanzó ¿Cuántas hay? Mía, concentrada en localizar Cassiopea, ni se inmutó. Un número perfecto, respondió sin mirarle. Después de oír por primera vez su voz, Héctor ya no pudo frenar : Más de 496, eso se ve, así que serán unas 8128. Porque además de estar cerca del máximo número de estrellas visibles desde la tierra, el siguiente número perfecto es el 33.550.336 y de ser así parecerían unas 10 perfectas plagas de langostas.

Aquella pedantería la hizo caer como estrella fugaz, describiendo un arco perfecto de la Vía Láctea a los ojos de… Héctor! Al reconocerlo pronunció su nombre como chupinazo en los San Fermines y con aquel abrazo borraron los años en los que no se habían visto. Eres un hombre! Dijo como quien descubriera el fuego y por primera vez sintiera el poder de su calor.

Reconocerse les costó dos párrafos, con media docena de recuerdos reavivaron el cariño y encajar algún que otro chiste les bastó para aflojar y sentirse amigos. Suficiente para que Héctor retomara la conversación donde la suspendieron ¿Y ahora que soy un hombre, vamos a seguir siendo dos líneas paralelas? Eso espero, podría ser casi tu madre, recibió a cambio.

Los intestinos de Héctor se anudaron con rabia adolescente. ¿Cómo una mujer tan lista podía llegar a parecer tan tonta? 15 años después volvía a poner la misma excusa. Si permanecieron "en paralelo" fue por su miedo compulsivo a saltarse una estúpida norma. En cualquiera de los casos, continuó, tú me enseñaste que para que dos líneas sean paralelas es necesario que permanezcan siempre en un mismo plano no a tomar por culo. Ambos lo dejaron estar.

Añadieron dos párrafos más a sus pasados, volvieron a recordar y a reír. Mía le intentó convencer de la fuerza que requiere aceptar paralelas en nuestras vidas. Le habló de su determinación por aprender a no intersectar. De cómo cuanto más aprendiera a respetar su libertad menos toleraría la intersección, y por lo tanto, menos intersectaría… Y mientras contaba que dentro de ella habían un montón de paralelas y que a menudo tenía que intervenir para que no se perdieran el respeto unas a otras, localizaron Cassiopea. Lo cual Héctor celebró con un beso para por fin callarla, bajo su luz.

Mía, no es que no respete tu monólogo, al contrario. Pero mi cuerpo también me está hablando de geometría; Me está pidiendo a gritos que me intersecte contigo, esta noche, en mi casa ¿Qué le digo?

Ahora que todos somos adultos y siendo ellos personajes de un relato situado en una fiesta, en un chalet a las afueras de una gran ciudad, en una primavera del siglo XXI; se nos hace evidente que el que Mía sea mayor que él no se sostiene como razón por la que negarse; no nos extrañaría que este mismo motivo provocara el efecto contrario.

Aún así Mía se negó, esta vez el argumento cargaba con el peso de otros miedos: Las rectas que se intersectan en un punto llegan de planos distintos y antes o después están abocadas a desencontrarse, al contrario que las rectas paralelas, que como bien has dicho, permanecen siempre en un mismo plano.

A Héctor aquello no le sonó del todo a negativa, sino todo lo contrario. Mía, yo no he dicho que fuéramos rectas, sino líneas, líneas flexibles, mucho más resistentes que las tozudas, empecinadas, tercas y recalcitrantes rectas.

Si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno ni es bueno el maestro. Lo que Héctor le acababa de decir tenía mucho peso, todo el que parecía haberle quitado a ella. Gracias a la, por fin, recobrada levedad de su ser, a la primavera y a su admiración por aquel hombre quien años atrás ya fue un chico admirable, accedió: Llévame a tu casa.

Éxito

Mi marido me dijo una vez que se puede poner a prueba el éxito de una vida enfrentándolo al fracaso, y continuó:

Para saber si estás haciendo lo correcto con tu vida, imagínate al final de tus días habiendo vivido concentrando todos tus esfuerzos en conseguir lo que ahora deseas. Ten en cuenta todo lo que te estás perdiendo en el camino. Ahora, imagina que mueres sin conseguir lo que te has propuesto, que fracasas en aquello por lo que estás dando la vida.

Si al evocar la situación que te propongo eres capaz de sentir ese fracaso y, aún así, estar satisfecha con el trayecto; si crees que no te confundiste y te dices que si volvieras a nacer volverías a intentarlo con la misma o incluso con mayor concentración; entonces continúa, estás en tu vida; mantente fiel a tu objetivo y a ti porque estás haciendo lo correcto.

Si por el contrario, no puedes soportar el imaginarte en el momento de tu muerte habiendo fracasado en conseguir aquello por lo que ahora estás luchando; si esa imagen te hace sentir haber malgastado tu vida, entonces es que ese sueño no es el tuyo. Tampoco esa es tu vida. Lo que haces te está alejando de ti. !Para! porque no estás haciendo lo correcto.

Yo sabía que imaginarme lo que, con su habitual generosidad, me estaba proponiendo me salvaría en momentos de flaqueza. Era importante entenderlo. Lo veía hablando tan entregado, que me esforcé en aparentar hacer lo que me pedía, para que viera que estaba dando a sus palabras la importancia que merecían.

No fui capaz. Lo intenté, de verdad que lo intenté, con todas mis fuerzas, pero no pude. Porque desde el momento en el que me pidió que me imaginara al morir, me fue imposible evocar mayor deseo o éxito que su abrazo.

Interferencias

Hugo ha sido testigo de cómo la luz ha ido conquistando, río a río, el mapa de la pared junto a su cama. Aún no ha conseguido pegar ojo, así que le ha dado tiempo a planear un recorrido a caballo por Sudamérica de Norte a Sur; otro de Los Ángeles a Nueva York en moto; ha calculado cuanto se tardaría en llegar de rodillas a Santiago de Compostela saliendo de Estambul; y ahora, con el cuerpo dolorido, anda preguntándose si, de alguna manera, se puede llegar a percibir cuándo alguien está pensando en ti.

En días como hoy, en los que uno no da pie con bola, siempre es conveniente pensar que la culpa es de otros; y de ahí que Hugo haya concluido que tal vez sea porque alguien está pensando en él más de la cuenta; tanto que le tiene completamente distraído con sus interferencias. Podría ser Roma, su ex. Desde hace horas, sus caderas no han hecho más que contonearse de Este a Oeste por su cerebro y ya no sabe qué inventarse para arrancársela del corazón. Hace océanos que no sabe de ella y esta noche tantos kilómetros de sal escuecen.

Si Roma fuera como él, ocuparía más tiempo pensando en personas que físicamente no están en su vida que en las que lo están. Las personas que ocupan tu día a día no dejan tantas incógnitas ni vacíos por rellenar. Sus padres, su hermano, su jefe, sus colegas, existen independientemente de él. Son y están presentes, se manifiestan reales. Sin embargo, su abuela, sin ir más lejos, desde que murió ha necesitado de sus pensamientos para existir; tanto ella como Roma, dependen de que Hugo les haga un hueco en su mente donde hacerse reales y poderse abrazar.

Hugo escribe en un post it: “¿Existen las personas? ¿Qué es ser real? ¿Vive mi abuela aunque creamos lo contrario?” y lo pega en la pared, sobre el océano Índico, entre Madagascar y Australia, separado de Roma por todo un continente.

Hugo se ha quedado retenido en Italia, paseando por su Roma imaginaria, detenido en el tiempo, como dicen que ocurre cuando encuentras al amor de tu vida; pensándola tanto que le ha dado tiempo a reinventarla varias veces.

Especialmente en días como hoy, en los que no tiene verdaderos problemas, activado por el ocio, es cuando Hugo se inventa la relación que no tienen; en la que ella se comporta como a él siempre le hubiera gustado, cuando las cosas salen bien sin esfuerzo, cuando se aman sin miedos; porque Roma existe mejor donde Hugo la piensa, en el mismo lugar donde su abuela también es una chica preciosa.

Duda de si se está volviendo paranoico o si verdaderamente Roma estará pensando en él, y si así no fuera, ¿Notará que él sí? ¿Cómo podría saberlo sin ponerse en evidencia? A Hugo le desespera que Roma tenga el poder de andar removiendo los recuerdos sin su permiso, accionando dentro de él, cada vez que a ella le plazca, unos abrazos que le hieren como mandíbulas de tiburón, porque hoy la quiere a muerte.
Hugo se agarra la cabeza, y en voz muy baja, aunque con la misma energía que Jackson Pollock en un arrebato, suplica: “¡¡Roma, por Dios, para ya de pensarme, suéltame, déjame existir donde mi cuerpo, o me vas a volver loco!!Roma, en su cama, se va desprendiendo de su último sueño y aún con los ojos cerrados, comienza a ser consciente de que su vida tira poco a poco de ella; pero va a tener que esperar porque hoy está aferrada al edredón con la misma vehemencia con la que años atrás a los brazos de Hugo; escapar no va a ser fácil. Hugo… ¿Se acordará aún de ella?

31 de Diciembre

Cuando un escritor no escribe se evapora. Su cuerpo puede seguir técnicamente vivo durante años, pero su alegría se va acortando, reduciendo, abreviando hasta que se esfuma del todo y desaparece. Del soñador que fue solo quedará, con suerte, un cuerpo voluntarioso cumpliendo con los deberes cotidianos.

Esto es lo que piensa Ernesto, agradecido de estar solo, sin histrionismos, mientras mira hipnotizado los millones de personas que se han reunido en la puerta del Sol de Madrid para recibir el año nuevo. En breve, el año que termina, con millones de proyectos incumplidos, pasará a ser un recuerdo.
Ernesto lleva más tiempo del que puede soportar sin escribir, desenfocado, escondido tras los quehaceres diarios. Tirando de la anilla de una de esas latas con doce uvas peladas que saben a máquina, jugando a que el nuevo año tuviera más poder que su propia voluntad, Ernesto le implora volver a ser capaz de sentarse frente a su ordenador y soltarse a escribir.


Ernesto es indiscutiblemente un escritor y sabe que si no escribe se acabará. Suenan los cuartos.

Ernesto perdió la razón el día que descubrió, pudoroso, su talento. Desde entonces, siente felicidad cada vez que las ideas le empapan; goteándole de una en una del cerebro al corazón, del corazón a los dedos, de los dedos al papel, latido a latido, letra a letra. Campanada. Uva. Campanada. Uva.

Desde entonces no vive más aventura (ni menos) que la de caer prendado de una idea. La de perseguirla sin asustarla. Acercarse con delicadeza e intentar entender un poco más su verdad. Enamorarla y hacerla suya hasta volcarse juntos sobre la página.

Hoy, amputado, sin ideas, vive solo, con un lote de impacientes páginas limpias; pero mira hacia adelante tragando otra uva, y otra, y otra.

Escribir siempre ha significado para él viajar, esculpir, pintar, fotografiar, componer, sembrar, filosofar... Campanada y, por inercia, uva. Aunque no se mueva de su silla, no sepa esculpir, ni pintar, ni fotografiar, ni componer, jamás haya plantado semilla alguna, ni sus ideas rompan cabezas. Campanada. Uva.

De Ernesto el escritor ya queda poco. Uva. Piensa que si sigue así pronto habrá muerto de asfixia por bloqueo. Campanada.

A Ernesto siempre le ha gustado ganar, como a cualquiera. Pero mejor que la mayoría, sabe que para ganar hay que estar dispuesto, como mínimo, a jugar. Campanada. Campanada.

Para escribir se escribe, lo que sea, no se tiene que esperar al momento perfecto. Lleva semanas esperando sin éxito que la inspiración haga el trabajo por él. Libremente se comprometió con la escritura, e igual de libre desea cumplir su palabra. Escribir más que estar relacionado con la suerte es una acción. Deja las malditas uvas sobre la mesa. Odia las uvas. Campanada.

Dan las 12. Cuando se trata de propósitos no hay tiempo que perder. Ernesto camina hacia su estudio como quien va a saltar por un acantilado. Tentado de darse la vuelta y tumbarse en el sofá a ver cualquier mierda que pongan en la tele; enciende el ordenador, aunque ni se encuentra de humor ni tiene nada que escribir; Se da cuenta de que, de un tiempo a esta parte, genera autocríticas de la misma calidad que los programas que estaría dispuesto a embutirse.

Aburrido de su larga lucha contra el Ernesto perdedor, agotado de tirar hacia el lado opuesto, consigue dar un último tirón y sentarse. Aferrándose al indicio de determinación de su Ernesto heroico, teclea:

Cuando un escritor no escribe se evapora. Su cuerpo puede seguir técnicamente vivo durante años, pero su alegría se va acortando, reduciendo, abreviando hasta que se esfuma del todo y desaparece. Del soñador que fue solo quedará, con suerte, un cuerpo voluntarioso cumpliendo con los deberes cotidianos.

Esto es lo que piensa Lucía, agradecida de estar sola, sin histrionismos, mientras mira hipnotizada los millones de personas que se han reunido en la puerta del Sol de Madrid para recibir el año nuevo. En breve el año que termina, con millones de proyectos incumplidos (y cumplidos), pasará a ser un recuerdo…

El hombre del escenario

Desde el primer instante en que aquel hombre nos miró con sus penetrantes ojos oscuros, me dejé llorar entre los brazos de la butaca, de principio a fin.
El hombre del escenario comenzó a hablar igual que hablamos con nuestro amigo del alma sobre un café o una caña, ¡pero sobre un escenario!

Su voz, su mirada y sus gestos nos llegaban sin filtrar desde un corazón luminoso. Se comportaba como uno más de entre las palabras que nos regalaba. No estaba allí para ser aplaudido, sino como currante portador de una historia y canal de las musas. Abierto, sin obstrucciones, dejándose atravesar con humildad por la luz de la inspiración y la eléctrica genialidad.

Parecía ser un instrumento tan bien afinado, tan primorosamente puesto a punto, que no había nada en sus gestos o en su voz que distrajera de lo que contaba; ni cuando alguna vez torció la boca desafinó, porque lo hizo a su manera, en una pícara y alegre tilde hacia el cielo, sin amargura, como los verdaderos genios. Al sonreír el alma se le escapó y se nos coló de un salto llenándonos con su alegría. Me sentí tan agradecida de estar viva que le hubiese plantado un besazo a la de al lado; y a la vez tan fuerte que dentro de mí la violencia perdió su poquísima razón de existir.

Nos transportó desde un escenario desnudo hasta lugares inexistentes a los que acababa de llegar segundos antes, donde nos recibía campechano hasta con el más mínimo detalle. Viéndole mirar hacia arriba, tan pronto nos abría un cielo por el que pasaban las nubes con urgencia, como nos salpicaba con una fiesta de estrellas. Y al mirarnos a los ojos, lo hizo como quienes nos aman no pueden evitar; con tanta curiosidad que recobramos nuestro valor.

Se dejaba estar en cada uno de sus silencios con tal apertura, que varias veces caí a través de su oquedad, descubriendo por primera vez en la mía un espacio sin paredes ni fondo, que por instantes me sobrecogió al llegar a sentirme conteniendo los planetas.

Parecía como si su vida interna borrara los confines de su cuerpo dejando su contenido expuesto a nosotros, sin continente, tanta era su generosidad y su entrega. Se volvió tan transparente como pocos héroes se atreven. Desapareciendo al desprenderse de reglas y deberías, de academicismos y teorías, dejándose ser y estar, fluir y jugar. Comprendimos un poco mejor los sueños, la locura, la libertad y a los niños.

A través del arte; en este caso del amor, de la verdad, del respeto y de la fe del hombre del escenario, recordé lo importante que es ser auténtico en la vida. Reconocí que ser verdadero es tan importante como difícil, pero que aún tiene mucho más mérito llegar a ser verdadero y bonito, como él. Supe que eso era exactamente lo que quería, y que al salir de aquel teatro ya no me conformaría con menos.

Por eso, para empezar, me dejé llorar pacientemente alegrías y miserias, de norte a sur, de dentro a fuera, de principio a fin, hasta gastarme; para elegir con cuidado con qué volver a llenarme.

Recobrarse

30 años lleva la vida viviéndole a Diego en lugar de al contrario, y lo que es peor, él aún no se ha enterado.

6.13am – Igual que en un video clip, Diego llega corriendo al andén a ritmo de iPod e impulsa su cuerpo tren adentro; Puntual e inconsciente hacia más de lo mismo.

6.14am - Satisfecho por cogerlo a tiempo y de sentarse en ventanilla, repara en el anuncio del “porque yo lo valgo” que deja en la estación. Piensa en el pastizal que le han debido de pagar a la actriz; meterle al pelo un chute de amoniaco y decir abiertamente que es “porque se lo merece” es de terapia. Diego disfruta igualmente de lo buena que está de platino y piensa que hoy se ha levantado filosófico.

6.16am - Mira el reloj. La tercera satisfacción es que le quedan 47 minutos de libertad con los Pink Floyd hasta que el tren le escupa a su oficina.

6.19 am – La cuarta y seguramente última alegría de hoy, (penúltima, porque se acaba de acordar de que hoy es Viernes) es que la segunda rubia del día se le acaba de sentar al lado y lo que su minifalda no calienta también. Parece que la vida le sonríe, la rubia está claro que no. Él se corta y disimula mirando al libro en el que la chica se sumerge; de paso le roba unas cuantas líneas, lo único legal que se le ocurre hacerle.

6.22am – “le gusta sentirse en movimiento, dejar atrás todo lo que se va cruzando en su camino, ser libre y móvil, sin frenarse nunca”. La frase que acaba de piratear despierta a un Diego al que siempre le gustó "sentirse en movimiento".

6.25am – Supone que el personaje del libro no puede referirse a este monótono traqueteo de tren de cercanías al que lleva subido años, del que aún no se ha bajado no sabe por qué, y que le ha mantenido hipnóticamente arrullado. Cae en la cuenta de que lo único que ha ido “dejando atrás” en todo este tiempo son las estaciones que se sabe de memoria y sus cumpleaños; que aún no ha necesitado echar el freno porque lleva años sin pisar el acelerador, avanzando por inercia; y en cuanto a lo de “ser libre”… suena el track 3 de La cara oculta de la luna y como prefiere no pensar sube el volumen.

6.27 am - Mira a la ventanilla y sobre el negro ve reflejada por primera vez la cara oculta del muy capullo de Diego, quien aún no le había dicho que lleva más tiempo del razonable subido en el tren equivocado. Así que más Pink Floyd.

6.29am – Ha permitido con indolencia que la vida se le volviera reducida y estática; Se le desvió al ceder las riendas a la comodidad, y comenzó a amurallar con ladrillos cocidos por otros su cerebro, un espacio abierto diseñado para bosquejar incalculables versiones de ilimitadas ideas; Los Pink Floyd gritan.

6.31am - Lo que no se ha vivido se ha perdido. Diego ya es consciente de que hace tiempo que perdió el control. Ahora tiene tres salidas: negarlo con argumentos analgésicos, deprimirse o recuperarlo. Diego ha podido ser un inconsciente, pero como no es ni tonto ni vago ni un llorón, opta por lo tercero.

6.33am –Lo que había creído hasta ahora ya no le sirve. El hecho de que todo lo que pensaba haber conseguido se le tambalee le pone de nuevo la vida en sus manos, ahora sólo depende de él encarrilarla y para esto necesita un nuevo plan.

6.34 am – El tren se para. Los Pink Floyd se callan. La quietud y el silencio le parecen a Diego una analogía. Dicen que cuando el alumno está preparado el maestro aparece. Para empezar parar y callar.


6.35am – Diego da gracias a la rubia y salta del tren. Envía un mensaje a la oficina “Necesito parar para recobrarme. Vuelvo el Lunes”.



6.44am –Diego tiene por delante 72 horas de mucho trabajo si quiere coger el tren el Lunes teniendo muy claro por qué se monta en él y a dónde va.




6.45am – Se quita el reloj, desconecta el móvil, apaga el iPod y empieza por guardar silencio “Porque él lo vale”.

Por primera vez en muchos años, Diego se siente libre.

Desconcierto

La última vez que Pedro y Zoe se vieron, fue la noche en la que su amor reventó lanzándolos despedidos hacia planetas contrarios.

Hoy, tras remendar con tiempo sus palpitantes despojos, algunos días son más felices que muchos, y otros cuantos casi nada. Entre otras penas, en los días de bajón aún se preguntan ¿cómo con lo grande que su amor “pudo haber sido” no supieron “hacerlo ser”?

Pero esta noche Dios está aburrido. Así que, acercando los distantes mundos en los que los ex-amantes han sobrevivido, cubriendo a la pareja por el mismo cielo estrellado, cruzándolos en la misma ciudad, caminando por la misma calle y bajo la luz de una misma farola; esta noche Dios va a jugar con ellos al desconcierto.

Pedro y Zoe se saludan conmocionados al reconocerse después de una década. En tres frases y en honor a la suerte, deciden buscar un bar donde refrescar con cervezas sus risas nerviosas.

Están sentados compartiendo mesa; se ven, se oyen, se huelen. Esto no es un sueño aunque no deje de serlo. Atropelladamente felices saltan de preguntas a respuestas, mientras sus feromonas lo hacen de uno a otro como pulgas desenfrenadas. Descompasados con la música del local, los latidos que oxigenan su pasión golpean cada vez con más fuerza los portones q la contienen.

Para la cuarta caña ya se han dicho todo. Es curiosa la capacidad de síntesis que tiene el ser humano cuando le interesa ir al grano. “¿Te vienes a mi vida?” le pregunta Pedro.

Esto perturba hasta al mismísimo Dios; Zoe está segura de haberle dicho que lleva casada varios años. ¿Pretende Pedro que llame a su marido diciéndole: “cariño, acabo de reencontrarme con el pasado y me acaban de pedir que me mude a otra vida, ¿te importa si acepto mientras tú te quedas tan contento en la nuestra y seguimos siendo amigos?”. Pues a juzgar por su mirada, sí, Pedro lo pretende.

Con el inoportuno “Entre dos aguas” de Paco de Lucía y manteniendo la sonrisa, Zoe toma aire y se levanta a pedir dos cervezas más; también es curiosa la capacidad que tiene el ser humano para crear suspense… Y para salirse por la tangente.

Al llegar con dos copas frías en la mano, como si no hubiese oído nada, Zoe le pregunta cómo es ser él, en qué consiste ser Pedro. Pedro es rápido eligiendo las palabras perfectas para cada una de sus espontáneamente elaboradas respuestas, como también lo es para hacerse el olvidadizo. Zoe, ríe sin parar, a carcajadas, lo cual reaviva en su cuerpo lo que “pudo haber sido”, y como veneno por sus venas corre lo que “podría ser”; El desconcierto la despierta, y toma conciencia de que o sale corriendo ya!!, a toda velocidad!!, o caerá en barrena hacia la vida de Pedro sin querer evitarlo.
Hasta el último glóbulo blanco de Zoe tiembla de vuelta a casa tras el combate. Sus feromonas berrean agarrándosela al cuello. Sus células se sienten traicionadas y quieren salírsele del cuerpo. Sus pulmones le niegan el oxígeno con tal de que pare y se de media vuelta.

Pero Zoe es la responsable entre tanto caprichoso, ella es la que tiene que velar por la seguridad de todos en su cuerpo!!. La decisión está tomada; para bien o para mal hay que aceptarlo. Zoe no permite a ninguno elucubrar con el qué hubiera pasado si Pedro hubiese insistido a Zoe como de verdad se insiste a la mujer que uno ama; Tampoco Zoe va a pensar en ello por la sencilla razón de que Pedro no ha insistido.

De nuevo no han sabido "hacerlo ser". Esta noche, hasta Dios está desconcertado, y bajo su mirada, Zoe camina vulnerable, deseosa de llegar a su hogar, con ganas de abrazarse fuertemente a lo único que “verdaderamente es” y recuperar-se.

Desde UK con amor

- Que no, Juan…

Tras volar miles de kilómetros, la verborrea de Teresa se colaba por el iPhone de Juan hasta el fondo de su corazón. Él la dejaba trastear como Pedro por su casa, orgulloso de seguir siendo su amigo.

- … no nos equivoquemos, que no fue Madrid. Fueron el “Spain is different”, la profesión a la que mal amaba, la gente a la que dejaba opinar sin cuestionar, el amor roto, fui YO la responsable por encima de todo y de todos. Ese YO dentro de quien mal vivía; Yo, obcecadamente fuera de sitio, a la deriva, sin brújula ni salvavidas. No fue Madrid, Juan…

Pero cuando Teresa dejó caer “amor roto” como de pasada, como sólo se habla de lo irreparable, Juan se quedó enganchado. No pudo evitar imaginarse volando hacia ella para intentar pegar los añicos y continuar caminando junto a su Teresa; aquella mujer que seguía siendo incapaz de callar cuando estaba nerviosa. Juan sintió un inmenso cariño al volverla a oír, tan cerca.

- … desde el extranjero entendí el significado de "madre patria". No porque echara de menos España, Juan, aunque la echaba de menos; sino porque este país, sin ser mi madre-patria natural, se comprometió libremente a enseñarme a pescar; y me arropó cada noche con un alto y sólido techo sin pasarme la factura. El viajar aquí me hizo una persona entera. Preparada para solucionar con elegancia.

Tanto a Juan como a Teresa, les gustaba mucho más la Teresa de ahora que la de antes; por lo tanto, sabían que ninguno de los dos volaría hacia el otro para reparar nada. Era mejor que sus disfuncionales pedazos de amor reposaran por los siglos de los siglos en algún vertedero madrileño; que tanto Teresa como Juan los siguieran mencionando de pasada, y que aprendieran a sentirse cómodos queriéndose de esta nueva manera.

Tu decisión

Hija mía, la otra tarde me preguntaste con inquietante interés cómo fue que me animé a tenerte; que por qué la mayoría de la gente decide tener hijos. Esperabas una revelación que te ayudara a resolver si ser madre o no; Creíste que yo te daría una respuesta tranquilizadora a la que, como hija y a tus años, te considerabas con derecho. Pero enmudecí.

No habrías tomado en serio a nadie que te hubiese respondido sin dudar. Asique, con la benevolencia de quien ha aprendido a aceptar las limitaciones humanas, descolgaste tu angustiada mirada de mi silencio para descansarla en tu taza. Abrazaste la loza entre tus manos buscando calor, y abismada en sus profundidades, dejaste caer un "¡qué difícil!" con la solidez de un terrón de azúcar que, como madre, me costó digerir.
Quien quiera que en aquella cafetería, en aquel instante, nos mirara; debió de quedar atrapado contigo y conmigo, entre tus manos; todos expectantes; atentos a lo que aquel café estaba por confesarnos. Pero, como yo, decepcionó con su silencio hasta quedarse frío. Días después, pude contarte cómo tus padres decidimos concebirte tras haberlo postergado década tras década. Cómo durante todo ese tiempo, imploré que mi instinto maternal se manifestara, que mi corazón dejara de latir a comatoso tictac; cómo ya no nos quedaban años ni ganas para seguir dialogando sobre el tema, y cómo en lugar de locura biológica desarrollamos un racional argumento tan válido como pocos: «que el arrepentimiento es un sentimiento muy feo». Te conté que, tanto a tu padre como a mí, la posibilidad de no poder rectificar nos pareció un riesgo duro de asumir, y que para mitigarlo entramos a formar parte del grupo de los padres que tienen hijos por precaución. Te hice saber que, aterrados, pero enormemente felices, como siempre debiera de ser una vez que se toma una decisión; te engendramos.

Para poder responder a tu segunda pregunta, a esa de porqué la mayoría de la gente decide tener hijos, bastó con mirar alrededor para darme cuenta de que hay tantas razones para traer niños al mundo como padres que se reproducen.

Conocemos a pasionales que concibieron por accidente, en un “aquí te pillo, aquí te mato”, por instinto animal; a algunos románticos que lo hicieron por volcar en alguien más su recíproco amor, por descubrir la magia de la naturaleza, al encuentro del “amor incondicional”; otros más flojos porque ya les tocaba, porque así es la vida, y ¿por qué no?; los religiosos por cumplir con el deseo de Dios, por asegurar la supervivencia de la creación; los exagerados porque no comprenden una familia de “tan sólo” dos; los curiosos por saber qué se siente; aquellos conservadores para suceder su patrimonio, por perpetuar su apellido; los más sociables para combatir la soledad, por no desentonar con sus amigos; los irreflexivos, con tal de escapar del silencio ni se lo pensaron; muchos folclóricos porque "se les pasaba el arroz", porque "la sangre es más espesa que el agua", porque "una mujer sin hijos es como un árbol sin frutos"; los desesperados por ver si así salvaban sus agonizantes parejas o esperando hambrientos la llegada del pan bajo un bracito. También se decidieron los vengativos, los generosos, los que guardaban luto, los darwinianos, los envidiosos... Fui consciente de que estos ojos han visto tantos motivos como padres virtuosos y pecadores.

Estoy tranquila. Como cada vez que no ves algo claro, me consta que te informarás, que leerás, que preguntarás a aquellos cuya opinión respetas, y abrirás bien tus oídos a lo que te devuelvan; que lo agradecerás y que, por suerte, lo dudarás todo; que lo dormirás, lo masticarás y madurarás.

Satisfecha con tu trabajo, te abrazarás como la otra tarde a tu taza de café; pero ahora más sabia y confiada, permitirás que su franco aroma a hogar te cave muy dentro; Con cada expiración, tú lo secundarás, vaciándote a paladas de aquello ajeno e irrelevante. Hasta que juntos, desenterrareis el tesoro que guardabas: tu decisión, la tuya, sólo válida para tí por ser tú. Y con tu admirable arrojo, te beberás hasta la última gota.

Confía en ti como yo, hija, eres inteligente; no me cabe la menor duda de que decidas tener hijos o no, sabrás seguir sintiéndote tan feliz y tan mujer.

Mujer Pez

Marido y mujer trabajaron en equipo como juraron ante Dios. Así fue como consiguieron que la alegre soltera maldijera sus madrugadas; esposada a la izquierda de un completo desconocido, nula y aterrada.

En progresión geométrica, la cólera parecía ser el sentimiento que con mayor fluidez despertaba en su "compañero".

Aquel impredecible huracán, aquel tornado de pelo en pecho, la devastaba en cada una de sus vertiginosas trombas; con la inmerecida contundencia de quien plagia frases de otros; arrojándole proverbios catequizantes a golpe de puño en mesa.



Durante los abruptos enfados de su marido, la mujer retorcía su encenagado cerebro implorando que escurriese una revelación cristalina; aquella que apaciguara el mudo y frustrante bramido de lo que se le revelaba como inexplicable. Esfuerzo inútil. Se odiaba; sobretodo, por permitirle que sus gélidos soplidos continuaran extinguiendo hasta la última chispa de su brillo. Entonces le pedía perdón, confusa; sin llegar a comprender qué irreparable error había cometido para arrancarle, una vez más, aquel ventarrón de ira.


Para sobrevivir a aquel Mistral, frío, seco y violento; la mujer decidió cerrar las ventanas, las contraventanas y las puertas de su corazón y mente; las aseguró con candados y lanzó las llaves al mar.
Desde entonces, vivió muda; como los peces.

Porque protegió los rescoldos de su alma a cal y canto, ya no discutían. Su marido, armado de paciencia por primera vez, la ayudó a entender que él, como gran hombre que era, se merecía mucho más que el desecho que se le arrastraba a su sombra; que aquella boquita de pez abriendo y cerrándose, implorándole agua, no estaba a su altura; y la dejó como, según él, se merecía: a secas.

Yerma, mujer pez en una árida estepa, gimiendo ahogado aire caliente. Deseando que pronto blanquearan sobre el infecundo suelo las clavadas espinas q la apuntalaban. Sola, en el desierto de los desiertos, en la “La Hamada”... la amada?

Igual por la lucidez que le dispensó el destello de comedia, y por el empuje de la vida y de los vientos alisios, y por su insólita tranquilidad, y por el hijo que, afortunadamente, aún no había tenido, y por … pudo seguir hacia adelante, hacia la hora siguiente y la otra; sedienta y rota; pero en paz.

Cuanto más avanzaba más moría, cuanto más moría más comprendía; y cuanto más comprendía, más se perdonaba y más se gustaba. Por fin acabaría su vida como siempre deseó, rodeada de amor; entre sus propios brazos. Así fue como conoció la fortaleza, el empuje y la vitalidad de quien se siente una mujer amada; y se juró que, si salía de esta, viviría feliz sola; a no ser que alguien la ofreciera todo, y que ese todo fuera mucho más de lo que ella era capaz de soñar.

Y para aquellos que no crean en la magia, el relato termina aquí, pues únicamente para los que tienen fe, los milagros se suceden.

Sólo cuando la mujer se atrevió a imaginarlo, cuando creyó que se lo merecía, cuando estuvo preparada para recibirlo, y no antes, la vida la colmó con un oasis; cuyas aguas cobraron sentido al conocer su sed.

Abrumada por su transparencia, se derramó a cierra ojos en el manantial bendito; recogida entre sus firmes brazos, sumergiéndose en su pecho, convirtiéndose en su núcleo; libando hasta la última gota del paraíso que se vertía desde su fresca sonrisa a ella; dejándose colorear de felicidad con trazos grandes, emborronándola, saliéndosele del contorno; se zambulló en su profunda mirada azul mar abierto, se abismó en su alma oceánica; buceó sus pensamientos, admirándolos, adorándolos; y de entre sus virtudes... rescató unas herrumbrosas llaves.