Mi amigo


“Todos somos salvadores, verdugos y víctimas”
(Mi amigo)


Va y viene, como las olas, aportando siempre más claridad de la que recibe.

Encomienda el 65% de sí, que es agua, a las fuerzas gravitacionales y, mientras éstas lo traen y lo llevan en el océano, mi amigo arrulla al sólido 35% de sí para que no grite No.

Él es solo el transcurso de formas originadas por el soplo del viento; igual que el mar, igual que todos, pero él lo sabe y lo acepta, por eso valoro tanto... Adiós. Me llama. 




Mi amiga



Su corazón es una autopista de muchos carriles.

Cada coche en el que le corresponde; cabemos cientos.

Y no hay salidas.



Ejercitarse (Del lat. exercitāre)


Don Abel no había llegado tarde al trabajo ni una sola vez en veinte años; pero aquella mañana, de no haber sido por un rayo de luz incidiéndole con gradual insistencia, podría haber sido el primero.
Al darse cuenta de que era jueves y no domingo, saltó del sueño a la alfombra y seguidamente completó en un cuarto de hora lo que normalmente le llevaba una, preparación del bocadillo para el almuerzo incluido.
Salió de casa segundos antes que su propia consciencia y la recuperó súbitamente en el semáforo, al ver su autobús en la parada de enfrente. Agitó su pañuelo blanco hacia Mariano como prisionero de guerra que implora vivir; aunque el conductor, al verle, tuvo que esperar a que la luz cambiara de verde a ámbar y de ámbar a rojo para que Don Abel se decidiera a cruzar.
“¡Don Abel, que el tiempo es oro!,” le recordó el conductor al subir. “¡Sobretodo hoy, Mariano! -Dijo Don Abel, pasándose un pañuelo por la frente con una mano, a la vez que mostraba el Abono transportes en la otra- ¡Hace un día espléndido!” continuó diciendo mientras se dirigía a trompicones hacia los asientos. La marcha del autobús recogía la luz que, a su paso entre los árboles, iluminaba intermitente los rostros de los pasajeros. “¡Como pega la primavera!” justificó Don Abel a su público en voz alta al abrir la ventanilla superior para no tener que quitarse la chaqueta. Al sentarse planchó con cuidado la solapa trasera para evitar arrugarla y colocó la bolsa del almuerzo sobre sus piernas. Cuatro horas y media de martirio hasta que pudiera comérselo.
A falta del periódico que no había tenido tiempo de comprar por primera vez en veinte años, se aventuró a observar la vida que pasaba de largo al otro lado de la ventanilla. La luz de mayo le descubrió la belleza de los árboles y se sintió orgulloso de vivir en su ciudad. Sin poder evitarlo, envidió a un caballero felizmente sentado en uno de los bancos del bulevar. “Es verdad, el tiempo es oro,” se repitió, y cayó en la cuenta de que trabajar los días soleados debería de estar mejor pagado que hacerlo en los días de lluvia.
Don Abel llevaba 20 años vendiendo su tiempo a la misma empresa a cambio de… ¿Cuánto oro tenía? Pues, teniendo en cuenta todo lo que había tenido que tragar, muy poco, la verdad... Había vendido su tiempo a precio de puta vieja... A cambio de no ver la luz del sol, había acumulado cuatro duros en la cuenta, un coche que solo se permitía mover los fines de semana y una serie de electrodomésticos que venían de fábrica con el final de su vida programado (lo cual predecía que dentro de poco le obligarían a invertir sus ahorros en reponerlos, a no ser que prescindiera de ellos). No, deshacerse de ellos era una locura, aquellos aparatos le habían liberado tiempo de trabajo en casa, y el tiempo es oro... esas horas libres se traducían en posibles paseos por el parque, reuniones con amigos, planear el presente para provocar un futuro mejor... Todas esas cosas que se podían hacer y ¡que no había hecho! porque había dedicado su tiempo libre a trabajar horas extra y a desconectar, agotado, frente a la televisión (desde donde le vendían más y más electrodomésticos, que le harían la vida más fácil) ¿La vida? ¿Pero qué vida? ¡Claro que no! -cayó en la cuenta- ¡El tiempo no es oro! ¡El tiempo es vida! Vida que si no se vive se va y no vuelve. Abel se aflojó la corbata y pulsó el botón rojo de parada.
Según se bajó del autobús se quitó la chaqueta, y haciendo un ejercicio de libertad, se sentó en un banco a disfrutar de la luz de mayo sobre su ciudad, de los distintos tonos verdes que provoca en las hojas de los árboles, de comerse el bocadillo antes de tiempo y de permitirse llegar tarde al trabajo por primera vez.


Aún no sé porqué



Lo peor que pude hacer al verme salir de casa en aquel estado fue seguirme. Me considero una persona con la cabeza sobre los hombros, por lo que salir a la calle habiendo cancelado mi presentación ante la Junta Directiva, tarareando la canción del verano, sin haber echado el polvazo del siglo la noche anterior, hizo que saltara mi señal de alarma.
Era lunes y llovía con rabia. A los pocos pasos, mis zapatos ya se habían calado y sentía mis pies como vísceras dentro de   tarros de laboratorio. Una ráfaga de viento accionó el castañeteo de mis dientes, así que aligeré el paso para resguardarme lo antes posible. No tenía la más mínima sospecha de dónde podía provenir aquel disparatado sentimiento de esperanza.
Mientras me dedicaba a saltar como sapo, de charco en charco, conjeturé que la reputación que me había ganado a pulso ya habría caído en picado. ¡Tanto esfuerzo para nada!, ¡Idiota! Necesitaba un café. Ofrecí mi reino, o lo que a aquellas alturas quedara de él, por un café.
Una vez en la estación, el calor de la cafetería me abrazó como un hogar, incompleto, respiré el ambiente vacío de algo. Gina, en lugar de recibir tras el mostrador, entre destellos de acero inoxidable, aquel lunes lo hizo en la penumbra, sentada en una de las mesas de los clientes, con un paño de cuadros en la mano derecha y la cabeza hundida sobre ambos, trapo y mano. ¡Menuda guarrada!, esta mujer no entiende de higiene, pensé. “¿Estás bien, Gina?” le pregunté (bueno, la parte naíf de mi lo hizo, esa que tararea cuando caen chuzos de punta, no yo). Por lo visto, la pavisosa de Gina parecía no tener intención de preparar ningún café y eso me fastidió, a mí (vamos, a la otra; a la parte eficiente de mí, digo). Pero Gina, esclafada como huevo crudo sobre silla y mesa, gimoteó “Alguien ha entrado por la noche y al encontrarse la caja sin dinero, ha roto la máquina del café. ¡Capullos!”.
Si estuviera dentro de Gina, reflexioné, le hubiese atado la lengua; esos “capullos” sonaron en su boca aún más esperpénticos de lo que seguramente fueran. Aun así, yo (bueno, ella, me refiero a la otra yo, a la más inocente y empática parte de mí) bien, pues esa, toda encantadora, pidió un té ¡Aun sabiendo que lo detesto! ¡Y que me saca de quicio la improvisación! ¡Si no hay café, no hay café. Punto. A Gina no se le iba a hundir el negocio porque aquel día no nos tomáramos nada, joder!, me grité muy hacia adentro. No podía ser que, de las dos, solo yo (me refiero a mí, a la única parte sensata dentro de mí) fuera capaz de reconocer que, un día más, el mundo conspiraba para amargarnos la existencia.
A través de la ventana vi llegar un tren al andén opuesto. “¡Mi tren!” me sorprendí diciendo. ¿Cómo que mi tren? ¡Tu tren te esperaba en la presentación que has cancelado y me temo que ya lo has perdido! Me aclaré. Pero al verme salir corriendo como tras mi última oportunidad, me seguí una vez más, no fuera a ser que me perdiera del todo.
¡Bien! Conseguí sitio en la ventanilla, junto a la calefacción. ¡Mal! Se sentó un chaval con cascos a mi lado. “Perdona ¿te importaría bajar un poquito la música?” gesticulé tocándole el brazo. “Sí, me importaría”. Contestó con tanta asertividad, que no me quedó otra que aguantar el maldito viaje con una música que chirriaba como arañazos en una pizarra ¡con la grima que siempre me han dado! Respiré profundamente y sonreí. Es de cajón que la sonriente no era yo, sino la otra, a mí lo que me apetecía era morder. Mi frustración iba creciendo por momentos. Mientras, la estúpida de mi otro yo permanecía positiva por a saber qué.  
Era la primera vez que cogía aquel tren. Frente a mí, una mujer trajeada, buceando en su portátil, me hizo recordar que para entonces ya habrían acordado frenar mi promoción. Era mi culpa,  claro, solo una perdedora es capaz de ponerse la zancadilla de una manera tan estúpida. Adiós a todo lo que soñé, y aún peor, adiós al respeto que yo misma había conseguido tenerme a pesar de las meteduras de pata de la boba con la que me había tocado cargar de por vida (esa estúpida con fe, la otra, la misma a la que cada día aguantaba menos) ¡Sí, tú! La que tararea la puta canción del verano como si en el mundo todo fuera sobre ruedas ¡No te hagas la tonta! lo más probable es que ¡nos hayas arruinado la vida! Deseé no haber hablado en voz alta y miré a la mujer de enfrente para comprobarlo; afortunadamente seguía sumergida en la hoja de cálculo. Sentí la cara a 50 grados y mi corazón a 170 pulsaciones, pero debido a algún oscuro motivo, a pesar de estar tan cabreada ¡mi otro yo no paró de mostrar satisfacción!
Al bajarme del tren, el viento descoyuntó el paraguas, no podía ser de otra manera, me deshice del revoltijo de antenas en la primera papelera que encontré. Andaba con tal determinación bajo la tromba de agua que me resultó difícil seguirme. Por cada paso que ella daba, yo tenía que dar tres. Mi otro yo caminaba con tal obstinación que le dejé guiarnos, al parecer tenía muy claro hacia donde demonios nos dirigíamos. “¿Pero a dónde me llevas?”, grité. Sin hacerme caso salió del camino asfaltado y escaló por entre árboles, maleza, condones y latas.
Andar por andar, sin saber a donde me encaminaba, era un sinsentido, pero hacerlo bajo la lluvia, calándome hasta las bragas y resbalando en el barro entre basura no merecía ni nombre. “¡Para ahora mismo, joder!” Paró (es decir, paré) vamos, que paramos. “Vale; ahora escúchame, no sé qué te traes entre manos, pero ¿te importaría dejar de ser tan cafre?” Llenó de aire hasta nuestro último bronquiolo y ¡comenzó a cantar la maldita canción!, ¡me ignoró! ¡y continuó la marcha!
Si hubiera podido, la habría estrangulado allí mismo. Pero matarla significaba matarme, por lo que no era una opción “¡Eres odiosa, odio tu voz y te odio a ti, jamás te he aguantado, ignorante!” Paró, ahora sí; y con una horquilla forzó el candado oxidado que cerraba la cubierta metálica sobre el pozo al que habíamos llegado.
Sin dejarme tomar aliento y a ritmo de la maldita canción que berreaba, empezó a sacudir los brazos a latigazos, como poseída. Con cada aspaviento, noté como me resbalaba centímetro a centímetro de mi propio cuerpo. “¡Para, animal!, grité, ¡Me vas a arrancar de mí!” Decididamente, se había vuelto loca. Empecé a luchar contra la inercia, pero todos estos años en los que me había dedicado con esmero a acabar con sus debilidades, parecieron habérseme vuelto en contra. Lo que no mata te hace más fuerte y la tonta, aún viva, se había fortalecido. Intenté agarrarme al cerebro como solía, pero sin éxito, mis manos patinaron contra mi voluntad hasta llegar al corazón; me enganché a él pero ya no funcionó, latía con tal rotundidad, a un ritmo tan intenso, que en dos latidos más me desprendió por completo. Salí escurriéndome por debajo de las uñas, ahora las suyas. Había conseguido despojarme de mi propio cuerpo, dejarme desamparada,  como pulga sin perro. 
Lloré, bueno, lloramos, mi otra parte y yo, las dos lo hicimos. Acto seguido, me cogió como trapo empapado que fuera a tender y me dejó caer dentro del pozo. “¿Pero por qué?”, aún me lo sigo preguntando. 
    Nunca hasta ahora me había visto desde arriba, y me vi muy pequeña, tocando fondo por primera vez. Pedí su ayuda, nuestra ayuda; imploré su perdón, nuestro perdón. Silencio. Me miró durante un rato y juraría que fue compasión lo que sintió por mí y que, solo por eso, me tendió la mano. Igual sobre aclarar que a mí aquel gesto me pareció insultante. No pude con él. “¿Tú quien te has creído? ¿En serio piensas que eres superior a mí?" Grité. Ahora era ella la que puso cara de no entender nada. Y seguí, “¡No me mires así, hipócrita, tú eres la perdedora, la que siempre la caga, no yo. ¡Tú eres la inútil, que no se te olvide!”…
No recuerdo qué más dije. Lo que sí se me quedó grabado fue el cielo llorando a mares sobre nosotras, perfilando con su luz el contorno del que había sido mi cuerpo pero que ya no sentía, y el impacto metálico de la puerta al cerrarse sobre mí, dejándolo todo oscuro.

Error de cálculo


Pablo nunca pensó en la trascendencia de determinar el tamaño de un deseo, por lo que, sin darle importancia, se enfrascó en proyectar un sueño "a su medida". 


Tanto se lo ajustó que, al cumplirse, en su nuevo mundo no cupo nadie más que él, y apretado. 

Estar vivo

... ¿Qué haría el amor ahora?
Hazlo.

Un abrazo enorme,
Dios.

T...i...e...m...p...o

Pasas arrollador. 
Y yo siempre por detrás, enganchada a tu rastro. 

  - ¿qué prisa tienes?

Pero te escapas, te escurres con la luz dejándolo todo a medias; y otro día que te has ido. 

Y otra noche que apareces y me extingues, y me observas dormir cuando no te siento. 

  - No te tengo suficiente.

Y te vas. 
Pero vuelves. Y me marcho, pero vuelvo. Siempre así.

  - Yo te quiero aquí, siempre, infinito



Ana suele callar

Ana entra en Facebook y encuentra que su amigo, MaraDona, le ha enviado el siguiente mensaje:

-Últimamente estás muy revolucionaria, ¿Por qué realmente?

Ana se queda clavada a la pantalla. -¿Cómo que estoy “muy revolucionaria”? Ana sospecha que la pregunta de MaraDona, aunque solo sea por el hecho de esconderse tras un nombre falso, de inocente seguro que tiene poco.

-Llamarme “muy revolucionaria” por compartir cuatro fotos en Facebook suena a burla, ¡ya me gustaría a mí hacer algo para merecer el honor! Ana duda de si su amigo no estará intentando persuadirla para que deje de hacer hasta lo poquísimo que hace.
Pedro, el verdadero, el que hay detrás de MaraDona, lleva ya un tiempo dándole vueltas a lo mismo. Ana se acuerda de que en la última borrachera comentó que -lo malo de las revoluciones es que al final, entre todos los que tienen buenas intenciones, siempre acaba saliendo un listo para quedarse con todo, empezando por el poder y terminando por el alma del pueblo. Y acabó llorando, orgulloso de que “España hubiera sido capaz de concederse una democracia”, -aún joven e imperfecta…, especificó, -…pero Democracia, Ana, ¿te imaginas? Dicho esto, Pedro fijó sus ojos rojísimos en los de Ana esperando contagiarla con su entusiasmo. Ella, inmune, respondió: - Sí claro, no paro de imaginármela, Pedro; pero su amigo estaba demasiado borracho y exaltado como para entenderla.

Ana siente tanta ternura cada vez que ve a Pedro vulnerable que no quiso ser ella quien le diera la mala noticia de que a la “Democracia joven e imperfecta” a la que él se refería, muchos la llaman Dictadura económica, otros Cleptocracia.

Ana empieza a escribir un mensaje respuesta a su amigo sin planear qué decir, ni en qué tono:

- Pedro, esta democracia, joven e imperfecta, (por utilizar tus eufemismos) no representa los deseos ni los sentimientos de la colectividad de ciudadanos del mundo sino que, más bien, explota a la mayoría.

Instintivamente lo borra. Para evitar alejar a Pedro es mejor no meterse con su democracia; Ana prefiere creer que ambos desean lo mismo, solo que miran a la luna desde distintos planetas. Y empieza de nuevo:

- Pedro, amigo, a mí, como a ti, como a cualquiera, todo cambio me da miedo, de ahí que siga funcionando el refrán “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, y claro que tenemos que estar con los ojos bien abiertos ante los oportunistas. ¿“muy revolucionaria”? ¿en serio te parece que lo estoy mucho? ¿Estás intentando protegerme de los peligros que tú temes y que crees que yo no veo? ¿o intentas apaciguarme para que con mi actitud no contribuya a que resurja la temida dictadura? ¿Es eso lo que temes de verdad? ¿O temes perder otras cosas? Sé que me quieres, Pedro, y que quieres a los tuyos, pero vivir es arriesgarse, amigo. ¿Crees que no merece la pena correr el riesgo si en el intento pudiéramos evitar que dejaran de morir de hambre 27.000 niños al día?; si de esta manera consiguiéramos reformar la educación, encarrilándola hacia las verdaderas necesidades del ser humano, hacia la empatía y la colaboración, en lugar de incentivar la competitividad?

Ana se permite llorar, necesita claridad emocional para desengancharse. Busca el comunicado que la Asamblea general de Nueva York que se manifestó en Wall Street, compartió desde la televisión americana con el resto mundo; se lo vuelve a leer y continúa:

- … Amigo, ¿De verdad crees que no merecería la pena correr el riesgo que temes si, con ello, fuera posible que llegara a dominar la igualdad por encima de la opresión; si con ello las corporaciones tuvieran que pedir permiso antes de extraer las riquezas de los pueblos, y del planeta; si con ello se dejara de permitir que se intoxiquen los alimentos que comemos y que obligamos a comer a nuestros hijos; si se prohibiera vender nuestra privacidad; si se dejara de invertir dinero en armas de destrucción masiva y se desviara a proyectos de investigación, educación, sanidad… a proyectos que de verdad mejoraran la calidad de vida de esta y las futuras generaciones; si se persiguieran el trato cruel tanto a personas como a animales; si se terminara con el colonialismo y sus guerras injustas? Pedro, ¿De verdad crees que no merecería la pena correr ese riesgo?

¿Pero qué estoy haciendo? Se pregunta Ana al caer en un detalle que no había tenido en cuenta hasta ahora; está hablando de correr riesgos a su amigo Pedro, alto ejecutivo de una importante empresa de seguridad (!) Se siente tonta, y por segunda vez opta por borrar lo que ha escrito.

Consigue parar, replantearse la respuesta y volver a empezar:

- Pedro, que no nos líen, lo que estamos viviendo no es una revolución, se trata de la evolución natural: lo que pareció funcionar en el pasado es evidente que ya no, y es nuestra responsabilidad ejercer nuestro derecho a unirnos y colaborar para encontrar soluciones; seguir afianzando nuestro poder, porque, como estás viendo, lo tenemos, amigo; estamos descubriendo que tenemos un poder inmenso, el poder del Amor! Y para empezar, sirviéndonos de él como guía, podríamos revisitar, consolidar y asegurar que se respete la declaración de los derechos humanos…

Esta vez, Ana pulsa el botón de cancelar por pudor y sin darle más vueltas, envía la siguiente respuesta:

- Pedro, amigo, últimamente tú no lo estás, ¿por qué... y para qué, realmente? 

De vuelta a casa


Tan pronto como dejó de llover, bajé las ventanillas para inundarnos con olor a tierra fértil y a flores supervivientes; la esencia de la vida enganchándonos para continuar. Habíamos permanecido callados durante horas, con la música a todo volumen  amplificando el lenguage de la naturaleza, como en un poema épico. “¡Ya estamos de vuelta! Hogar, dulce y… amargo hogar! Murmuró John.

Cuando éramos pequeños confiábamos en aquellas praderas, nos pasábamos las tardes corriendo por ellas en todas las direcciones sin querer ir a ninguna. Pero una vez que desarrollamos la musculatura, nuestro horizonte se expandió y ambos, mi hermano y yo, volamos para experimentar el mundo. ¿Sentiría menos culpa si me hubiera quedado aquí, en casa, con mamá y papa, protegida bajo su amor? No, seguro que no. La muerte tiene la habilidad de hacer sentir culpable a quienes siguen viviendo.

Volver al cottage siempre fue regresar a la dulzura de los postres de mama, a sus milenarios consejos, a las bolsitas de lavanda entre la ropa, al calor de sus manos piel de harina. Pero aquella mañana papá nos recibió en mitad del jardín, como novio plantado en el altar, bajo una docena de cuervos graznando. Desde que la enterramos, mamá es ensordecedor espacio.

Al entrar en la casa vacía, fríos agujeros continuaron creciendo dentro de mí. Uno nuevo al sentir la desolación de las flores mustias en sus jarrones, otro al reconocer la inutilidad del bolso de mamá en el perchero, el siguiente al leer “¡Mandar el regalo a Hannah!” con su letra viva bajo el imán. No llegó a mandármelo; otro buen propósito que se quedó en el camino. A pesar del esfuerzo de cada detalle para no dejarla ir, la ausencia de mamá continuaba vaciándonos, inexorable.

Papá se pasó todo el día en silencio, podando y limpiando el jardín. Cuando terminó, trajo un gran ramo de flores recién cortadas, alguien tenía que hacerlo. Yo lavé los jarrones, y justo cuando coloqué el último sobre la mesa del comedor, el sol brilló; también nosotros lo hicimos, por primera vez.

La cocina se convirtió aún más en un lugar sagrado. Como papá no quiso que tocáramos nada, lo dejamos todo tal cual, con las huellas de mama aún frescas tras su paso por la vida. Fuimos a cenar al “White Lion”, nos sentíamos tan débiles que fácilmente podría habernos comido él a nosotros.

De regreso a casa, una vez que John encendió la chimenea y yo terminé de servir el té, papá trajo el libro que mamá había dejado sobre su mesilla y lo continuamos leyendo en voz alta. Pasamos toda la noche alternando una ronda de té con cuatro de alcohol; entre lágrimas, mocos, historias pasadas, una montaña de pañuelos arrugados y risas.

Cuando perdemos a alguien una parte de nosotros se va con ellos. En mi caso, mi madre se ha llevado con ella a la Hannah que solía protegerse de los malos entre sus brazos.  Nos pasa a todos, nos vamos con los que se van, convirtiéndonos cada vez en menos, aún llenos de ellos. La muerte va llenando nuestro cuerpo de frías oquedades. Pero continuamos, casi todos lo hacemos. Como mamá solía decir, “La vida es una prueba de Resistencia.”

Un cuento muy antiguo

Si no entrego un cuento mañana perderé mi trabajo. Soy de las pocas madres solteras que malviven publicando cuentos en una revista, y afortunadamente, porque la mayoría lo hacen desempeñando trabajos feos. Llevo varios días intentando, sin éxito, encontrar trama para mi próxima entrega. Tenía que haberlo enviado hace días pero no me he organizado bien, tener a Paula de vacaciones y malita no ha ayudado. Esta vez han sido inflexibles, acaban de encontrar a una joven dispuesta a publicar por la mitad de lo que yo cobro. “No tendrá un hijo, claro”.

No he pegado ojo. He dejado la cama aún a oscuras, con el corazón y el cerebro a mil por hora. Me he acordado de cuando mi bisabuela se ataba un pañuelo blanco a la cabeza “para que no se le fuera”, que decía la pobre.

He entornado la puerta del cuarto de Paula. Tenía la firme intención de escacharrar el reloj de pared que me regaló la sádica de mi tía y sentarme a escribir lo que fuera. Pero como vivo sola, soy supersticiosa y mi tía está muerta, al pasar por el reloj solo me he santiguado, para que no nos pase nada, nunca se sabe. “Qué rítmico”, he dicho bajito, para disimular, y me he sentado al ordenador.

Me he levantado unas cien veces. “Venga Amalia, persevera”, he pensado, y unas cien veces me he vuelto a sentar. Pero de las musas, ni su silencio. Necesito exprimir el tiempo antes de que Paula se levante y reclame toda mi atención.
Amalia siente el pulso de sus dedos sobre las teclas ASDFJKLÑ, bum bum, tic tac. Lista para lanzarse a escribir ante el menor síntoma de inspiración, pero esta no llega. Hoy, que la necesita más que nunca, no aparece, y Paula va a despertarse de un momento a otro.

Desde que fue madre su tiempo no es suyo, siente que Paula se lo vampiriza, que la requiere incluso más horas de las que tiene el día. “Qué burra soy, ¡como si ella tuviera culpa!”, piensa. Mira a la pantalla. Inspira hondo, expira poco a poco, inspira, expira, bum bum, tic tac. “Persevera, Amalia”. Al contacto inesperado de una manita sobre la espalda, Amalia pega un grito y la niña, del susto, rompe a llorar. “Perdona, cariño, es que no te he oído… ven con mamá, ¿te preparo el bibe?”. Si hoy le dijera que no, si al menos hoy le dijera que no quiere desayunar la dejaría en ayunas gustosa… “T-e-n-g-o-q-u-e-s-c-r-i-b-i-r”, pero Paula asiente. “¡Joder!”, piensa. La lleva en brazos hasta la cocina, la sienta sobre la encimera, mete el biberón con leche en el microondas y busca la papilla. Sabe que todo sería mucho más fácil si ella no existiera, le sería mucho más sencillo salir a adelante sola, “pero que no me la quiten, por Dios”.

Le vienen a la cabeza las decisiones que ha ido tomando en la vida para llegar a la situación en la que está, y “la puta candidata”. Mira a Paula y vuelve a pensar que si no hubiera tenido a su niña ahora podría permitirse cobrar menos. El timbre la sobresalta. Abre la puerta del micro y al coger el biberón este abrasa, como siempre. “¡Joder, joder, joder!, ¡lo que faltaba!”. A Amalia le enternece ver a Paula expectante, tan seria, con los mocos colgando. La limpia y, mientras pone el biberón bajo el grifo del agua fría, empieza a hacer monerías para que sonría: “¡Es que mami está tonta, tonta y tonta!”. Al ver las payasadas de su mamá, a Paula se le descuelga el chupete de la risa.

Las carcajadas de Paula suenan a borbotones de agua fresca, y gracias a su claridad, Amalia despierta y consigue relativizar. Al hacerlo, las cosas vuelven a colocarse en su sitio. Amalia se ve de nuevo, y como por arte de magia, empieza a contarle a Paula un cuento, su nuevo cuento: “La mamá que quería ser mamá y no sabía”. El cuento que ella aprendió de su madre, el cuento de toda mujer, un cuento muy antiguo.

No quiero decirte adiós

Para muchos las palabras son como símbolos, pero para mi marido y para mí, siempre actuaron como pasadizos por los que penetrar en nuestro inconsciente. Esta modalidad de personas nos adentramos en nuestros Universos a través de ellas, por accidente, como Alicia cayó en el país de las maravillas. Pero en la vida real, a diferencia del cuento, hay quienes se quedan allí y no vuelven.
Carlos y yo solíamos rescatarnos el uno al otro con cualquier excusa. Nos sacábamos de los libros a casa sirviendo comida caliente sobre la mesa, cantando alguna canción, dándonos un beso en el momento preciso... pero aquel día, por un descuido mío, Carlos no volvió. Se coló a través de alguna de las palabras de Huxley y no llegué a tiempo para recuperarlo. Me dejó su cuerpo vacío, cómodamente sentado en el sillón de orejas. Estábamos unidos de verdad, eso nunca nos dio miedo, por eso, al precipitarse, me descuajó de más de la mitad de la que yo era y se la llevó con él. Casi no me reconozco. Desde entonces, mis restos le escriben.

Mimetismo

Luis recibe un empellón de aire rancio al entrar en la concurrida salita que da al jardín. Cierra la boca instintivamente para no tragar vejez, como si así evitase adelantar su deterioro.

Hogar de ancianos “Los Trigales”. Pero a Luis más que a un hogar le recuerda a un hospital o una penitenciaría en mitad de Castilla la seca. Un lugar donde los cuerpos se consumen vaciándose de carne, dejando las pieles adheridas como bolsas arrugadas a los huesos. Donde el presente se arrastra sin prisa hacia el escaso futuro. Donde se oculta con vergüenza nuestro ofensivo final. Puta vida, piensa.

Luis, un repartidor de Interflora ramo en mano, sale al jardín y respira de nuevo la mañana del primer domingo de Mayo. Está buscando a su destinataria, Eugenia Durán Soler, “la dama marina”, que dice la tarjetita azul mar. Pero como siempre les ha ocurrido a todos le costará encontrarla.

Los padres de la que convirtieron en Eugenia Durán Soler, sabiendo que muchos animales se mimetizan para pasar desapercibidos por sus enemigos, se esforzaron por educar a su hija en lo que ellos consideraron la ley básica de la supervivencia: el no llamar la atención. Eugenia Durán Soler fue entrenada en esta técnica con precisión.

Bajo repetitivos ejercicios de opresión, represión y vigilancia, Eugenia Durán Soler aprendió a controlar e ignorar sus emociones y pensamientos homogeneizándose así con los demás para no polemizar, no confrontar, no contrariar. Eugenia Durán Soler, siempre cambiante como cualquier otro organismo vivo, aprendió a hacerlo en función de los otros. Cantó las canciones de la radio; vistió a la moda; apoyó los deportes, actividades e ideologías de masa; gastó lo que ganó comprando casi todo lo que los envidiados obtuvieron regalado, y pensó lo que la mayoría, poco y mal.

Gracias a su virtuosismo críptico Eugenia Durán Soler sobrevivió. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir, en la supervivencia no hay entusiasmo. Solo extenuante esfuerzo.

Era la tercera vez que Luis pasaba por delante de un arbusto florido y una exánime Eugenia Durán Soler sin verla. ¿No serán para mi?, dijo ella a su paso. Luis se volvió sobresaltado hacia donde la voz provenía y enfocando, trató de separar lo que eran flores naturales de flores de vestido hasta encontrarse con unos ojos ancianos; nonagenaria gelatina de lágrimas. ¿la dama marina?¿Eugenia? Sí, hijo, Durán Soler, servidora. Contradiciendo a aquellos ojos y por ello engrandeciéndola, la mujer recibió el ramo con una sonrisa entrañable e inofensiva por vacía de dientes.

Los años intentan enseñarnos a vivir en sintonía con lo que la vida nos trae, y como Eugenia Durán Soler es una experta sintonizando, en lugar de interpretar las flores como síntoma de ausencia las recibió como señal de salud y de vida. Si de verdad su hijo pensara que tenía un pie en la tumba habría gastado el dinero en gasolina para ir a verla y darle los que pudieran ser sus últimos mimos. De unos años acá el número de abrazos que recibía y su duración iban en aumento, más numerosos y largos cuanto más corto su futuro.

Antes de que Luis se fuera le pidió leer la tarjeta. Así hizo. Tardó tres segundos en completar en voz alta una frase típica. ¿Ya, hijo? Luis, condescendiente, añadió ¡vaya flores bonitas, esto es amor! Eugenia Durán Soler le sonrió y desapareció fundiéndose de nuevo entre más flores.
Aquella misma tarde, por tercera vez en el último mes, fue traída de vuelta a la residencia. La encontraron caminando en la N-430. Un conjunto de flores sobre el asfalto gris. Deshidratada dama marina al encuentro del mar.

Líneas paralelas

Con la primavera la gravedad parecía habérsele desprendido del cuerpo junto al abrigo, descubriendo por fin, la tan deseada levedad de su ser. Pesaba tan poco que desde que llegó a la fiesta se sintió flotando, transportado como el polen hacia la flor entre sus amigos, por una brisa que, de pronto, frenó en seco.

Al ver a Mía bailando, sudando ecuaciones y teoremas, Héctor cayó desde el cielo a plomo. Los 15 años en que no se habían visto parecían haberla cambiado poco más que de marca de vaqueros.

Héctor había tenido muchos profesores, pero solo ella se había ganado el título de Maestra. Si había conseguido cierta claridad mental fue gracias a la paciencia con la que Mía les enseñó a sumar manzanas con manzanas y peras con peras. Aún guardaba la TDK que les regaló a cada uno el último día de Instituto, en las que había grabado sus temas preferidos y de su mano, en las carátulas, una frase: Si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno ni es bueno el maestro. Era la despedida. Tan pronto como Mía le dio el cassette, Héctor le arrancó las dos pestañas de plástico para blindarla, sin ser consciente de que con este gesto hacía lo mismo con su corazón.
No daba crédito. Bailando frente a él tenía a la protagonista de sus diarios. Se acordó del famoso par de rectas paralelas que Mía dibujó sobre la pizarra verde esperanza oscura; y de cómo, mirándole a él, les aclaró que por mucho que se prolongaran nunca se encontrarían. Entonces, siendo adolescente y viniendo de Mía, la palabra nunca le provocó asfixia. Por la noche emborronó un cuaderno entero. Igual que aquel día, se imaginó aquellas dos rectas avanzando hacia el infinito, sin perderse ojo, guardando las distancias, siempre equidistantes, sin encontrarse, The Stones Roses, This is the one, Mía frente a él… y se volvió a asfixiar.

Para cuando los ventrículos de Héctor dejaron de darse cabezazos contra el pecho, Mía ya se había bajado del mundo. Estaba afuera, tumbada sobre el césped, mirando las estrellas con esa sonrisa de qué bonita es la vida y qué poco me quejo que el alcohol le provocaba.

Según Héctor se iba acercando, el ritmo cardíaco se le volvió a desbocar. Pero como aún mantenía en plena forma su intrepidez, se pudo tumbar junto a ella casi con naturalidad, y cogiendo carrerilla se lanzó ¿Cuántas hay? Mía, concentrada en localizar Cassiopea, ni se inmutó. Un número perfecto, respondió sin mirarle. Después de oír por primera vez su voz, Héctor ya no pudo frenar : Más de 496, eso se ve, así que serán unas 8128. Porque además de estar cerca del máximo número de estrellas visibles desde la tierra, el siguiente número perfecto es el 33.550.336 y de ser así parecerían unas 10 perfectas plagas de langostas.

Aquella pedantería la hizo caer como estrella fugaz, describiendo un arco perfecto de la Vía Láctea a los ojos de… Héctor! Al reconocerlo pronunció su nombre como chupinazo en los San Fermines y con aquel abrazo borraron los años en los que no se habían visto. Eres un hombre! Dijo como quien descubriera el fuego y por primera vez sintiera el poder de su calor.

Reconocerse les costó dos párrafos, con media docena de recuerdos reavivaron el cariño y encajar algún que otro chiste les bastó para aflojar y sentirse amigos. Suficiente para que Héctor retomara la conversación donde la suspendieron ¿Y ahora que soy un hombre, vamos a seguir siendo dos líneas paralelas? Eso espero, podría ser casi tu madre, recibió a cambio.

Los intestinos de Héctor se anudaron con rabia adolescente. ¿Cómo una mujer tan lista podía llegar a parecer tan tonta? 15 años después volvía a poner la misma excusa. Si permanecieron "en paralelo" fue por su miedo compulsivo a saltarse una estúpida norma. En cualquiera de los casos, continuó, tú me enseñaste que para que dos líneas sean paralelas es necesario que permanezcan siempre en un mismo plano no a tomar por culo. Ambos lo dejaron estar.

Añadieron dos párrafos más a sus pasados, volvieron a recordar y a reír. Mía le intentó convencer de la fuerza que requiere aceptar paralelas en nuestras vidas. Le habló de su determinación por aprender a no intersectar. De cómo cuanto más aprendiera a respetar su libertad menos toleraría la intersección, y por lo tanto, menos intersectaría… Y mientras contaba que dentro de ella habían un montón de paralelas y que a menudo tenía que intervenir para que no se perdieran el respeto unas a otras, localizaron Cassiopea. Lo cual Héctor celebró con un beso para por fin callarla, bajo su luz.

Mía, no es que no respete tu monólogo, al contrario. Pero mi cuerpo también me está hablando de geometría; Me está pidiendo a gritos que me intersecte contigo, esta noche, en mi casa ¿Qué le digo?

Ahora que todos somos adultos y siendo ellos personajes de un relato situado en una fiesta, en un chalet a las afueras de una gran ciudad, en una primavera del siglo XXI; se nos hace evidente que el que Mía sea mayor que él no se sostiene como razón por la que negarse; no nos extrañaría que este mismo motivo provocara el efecto contrario.

Aún así Mía se negó, esta vez el argumento cargaba con el peso de otros miedos: Las rectas que se intersectan en un punto llegan de planos distintos y antes o después están abocadas a desencontrarse, al contrario que las rectas paralelas, que como bien has dicho, permanecen siempre en un mismo plano.

A Héctor aquello no le sonó del todo a negativa, sino todo lo contrario. Mía, yo no he dicho que fuéramos rectas, sino líneas, líneas flexibles, mucho más resistentes que las tozudas, empecinadas, tercas y recalcitrantes rectas.

Si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno ni es bueno el maestro. Lo que Héctor le acababa de decir tenía mucho peso, todo el que parecía haberle quitado a ella. Gracias a la, por fin, recobrada levedad de su ser, a la primavera y a su admiración por aquel hombre quien años atrás ya fue un chico admirable, accedió: Llévame a tu casa.

Éxito

Mi marido me dijo una vez que se puede poner a prueba el éxito de una vida enfrentándolo al fracaso, y continuó:

Para saber si estás haciendo lo correcto con tu vida, imagínate al final de tus días habiendo vivido concentrando todos tus esfuerzos en conseguir lo que ahora deseas. Ten en cuenta todo lo que te estás perdiendo en el camino. Ahora, imagina que mueres sin conseguir lo que te has propuesto, que fracasas en aquello por lo que estás dando la vida.

Si al evocar la situación que te propongo eres capaz de sentir ese fracaso y, aún así, estar satisfecha con el trayecto; si crees que no te confundiste y te dices que si volvieras a nacer volverías a intentarlo con la misma o incluso con mayor concentración; entonces continúa, estás en tu vida; mantente fiel a tu objetivo y a ti porque estás haciendo lo correcto.

Si por el contrario, no puedes soportar el imaginarte en el momento de tu muerte habiendo fracasado en conseguir aquello por lo que ahora estás luchando; si esa imagen te hace sentir haber malgastado tu vida, entonces es que ese sueño no es el tuyo. Tampoco esa es tu vida. Lo que haces te está alejando de ti. !Para! porque no estás haciendo lo correcto.

Yo sabía que imaginarme lo que, con su habitual generosidad, me estaba proponiendo me salvaría en momentos de flaqueza. Era importante entenderlo. Lo veía hablando tan entregado, que me esforcé en aparentar hacer lo que me pedía, para que viera que estaba dando a sus palabras la importancia que merecían.

No fui capaz. Lo intenté, de verdad que lo intenté, con todas mis fuerzas, pero no pude. Porque desde el momento en el que me pidió que me imaginara al morir, me fue imposible evocar mayor deseo o éxito que su abrazo.

Interferencias

Hugo ha sido testigo de cómo la luz ha ido conquistando, río a río, el mapa de la pared junto a su cama. Aún no ha conseguido pegar ojo, así que le ha dado tiempo a planear un recorrido a caballo por Sudamérica de Norte a Sur; otro de Los Ángeles a Nueva York en moto; ha calculado cuanto se tardaría en llegar de rodillas a Santiago de Compostela saliendo de Estambul; y ahora, con el cuerpo dolorido, anda preguntándose si, de alguna manera, se puede llegar a percibir cuándo alguien está pensando en ti.

En días como hoy, en los que uno no da pie con bola, siempre es conveniente pensar que la culpa es de otros; y de ahí que Hugo haya concluido que tal vez sea porque alguien está pensando en él más de la cuenta; tanto que le tiene completamente distraído con sus interferencias. Podría ser Roma, su ex. Desde hace horas, sus caderas no han hecho más que contonearse de Este a Oeste por su cerebro y ya no sabe qué inventarse para arrancársela del corazón. Hace océanos que no sabe de ella y esta noche tantos kilómetros de sal escuecen.

Si Roma fuera como él, ocuparía más tiempo pensando en personas que físicamente no están en su vida que en las que lo están. Las personas que ocupan tu día a día no dejan tantas incógnitas ni vacíos por rellenar. Sus padres, su hermano, su jefe, sus colegas, existen independientemente de él. Son y están presentes, se manifiestan reales. Sin embargo, su abuela, sin ir más lejos, desde que murió ha necesitado de sus pensamientos para existir; tanto ella como Roma, dependen de que Hugo les haga un hueco en su mente donde hacerse reales y poderse abrazar.

Hugo escribe en un post it: “¿Existen las personas? ¿Qué es ser real? ¿Vive mi abuela aunque creamos lo contrario?” y lo pega en la pared, sobre el océano Índico, entre Madagascar y Australia, separado de Roma por todo un continente.

Hugo se ha quedado retenido en Italia, paseando por su Roma imaginaria, detenido en el tiempo, como dicen que ocurre cuando encuentras al amor de tu vida; pensándola tanto que le ha dado tiempo a reinventarla varias veces.

Especialmente en días como hoy, en los que no tiene verdaderos problemas, activado por el ocio, es cuando Hugo se inventa la relación que no tienen; en la que ella se comporta como a él siempre le hubiera gustado, cuando las cosas salen bien sin esfuerzo, cuando se aman sin miedos; porque Roma existe mejor donde Hugo la piensa, en el mismo lugar donde su abuela también es una chica preciosa.

Duda de si se está volviendo paranoico o si verdaderamente Roma estará pensando en él, y si así no fuera, ¿Notará que él sí? ¿Cómo podría saberlo sin ponerse en evidencia? A Hugo le desespera que Roma tenga el poder de andar removiendo los recuerdos sin su permiso, accionando dentro de él, cada vez que a ella le plazca, unos abrazos que le hieren como mandíbulas de tiburón, porque hoy la quiere a muerte.
Hugo se agarra la cabeza, y en voz muy baja, aunque con la misma energía que Jackson Pollock en un arrebato, suplica: “¡¡Roma, por Dios, para ya de pensarme, suéltame, déjame existir donde mi cuerpo, o me vas a volver loco!!Roma, en su cama, se va desprendiendo de su último sueño y aún con los ojos cerrados, comienza a ser consciente de que su vida tira poco a poco de ella; pero va a tener que esperar porque hoy está aferrada al edredón con la misma vehemencia con la que años atrás a los brazos de Hugo; escapar no va a ser fácil. Hugo… ¿Se acordará aún de ella?

31 de Diciembre

Cuando un escritor no escribe se evapora. Su cuerpo puede seguir técnicamente vivo durante años, pero su alegría se va acortando, reduciendo, abreviando hasta que se esfuma del todo y desaparece. Del soñador que fue solo quedará, con suerte, un cuerpo voluntarioso cumpliendo con los deberes cotidianos.

Esto es lo que piensa Ernesto, agradecido de estar solo, sin histrionismos, mientras mira hipnotizado los millones de personas que se han reunido en la puerta del Sol de Madrid para recibir el año nuevo. En breve, el año que termina, con millones de proyectos incumplidos, pasará a ser un recuerdo.
Ernesto lleva más tiempo del que puede soportar sin escribir, desenfocado, escondido tras los quehaceres diarios. Tirando de la anilla de una de esas latas con doce uvas peladas que saben a máquina, jugando a que el nuevo año tuviera más poder que su propia voluntad, Ernesto le implora volver a ser capaz de sentarse frente a su ordenador y soltarse a escribir.


Ernesto es indiscutiblemente un escritor y sabe que si no escribe se acabará. Suenan los cuartos.

Ernesto perdió la razón el día que descubrió, pudoroso, su talento. Desde entonces, siente felicidad cada vez que las ideas le empapan; goteándole de una en una del cerebro al corazón, del corazón a los dedos, de los dedos al papel, latido a latido, letra a letra. Campanada. Uva. Campanada. Uva.

Desde entonces no vive más aventura (ni menos) que la de caer prendado de una idea. La de perseguirla sin asustarla. Acercarse con delicadeza e intentar entender un poco más su verdad. Enamorarla y hacerla suya hasta volcarse juntos sobre la página.

Hoy, amputado, sin ideas, vive solo, con un lote de impacientes páginas limpias; pero mira hacia adelante tragando otra uva, y otra, y otra.

Escribir siempre ha significado para él viajar, esculpir, pintar, fotografiar, componer, sembrar, filosofar... Campanada y, por inercia, uva. Aunque no se mueva de su silla, no sepa esculpir, ni pintar, ni fotografiar, ni componer, jamás haya plantado semilla alguna, ni sus ideas rompan cabezas. Campanada. Uva.

De Ernesto el escritor ya queda poco. Uva. Piensa que si sigue así pronto habrá muerto de asfixia por bloqueo. Campanada.

A Ernesto siempre le ha gustado ganar, como a cualquiera. Pero mejor que la mayoría, sabe que para ganar hay que estar dispuesto, como mínimo, a jugar. Campanada. Campanada.

Para escribir se escribe, lo que sea, no se tiene que esperar al momento perfecto. Lleva semanas esperando sin éxito que la inspiración haga el trabajo por él. Libremente se comprometió con la escritura, e igual de libre desea cumplir su palabra. Escribir más que estar relacionado con la suerte es una acción. Deja las malditas uvas sobre la mesa. Odia las uvas. Campanada.

Dan las 12. Cuando se trata de propósitos no hay tiempo que perder. Ernesto camina hacia su estudio como quien va a saltar por un acantilado. Tentado de darse la vuelta y tumbarse en el sofá a ver cualquier mierda que pongan en la tele; enciende el ordenador, aunque ni se encuentra de humor ni tiene nada que escribir; Se da cuenta de que, de un tiempo a esta parte, genera autocríticas de la misma calidad que los programas que estaría dispuesto a embutirse.

Aburrido de su larga lucha contra el Ernesto perdedor, agotado de tirar hacia el lado opuesto, consigue dar un último tirón y sentarse. Aferrándose al indicio de determinación de su Ernesto heroico, teclea:

Cuando un escritor no escribe se evapora. Su cuerpo puede seguir técnicamente vivo durante años, pero su alegría se va acortando, reduciendo, abreviando hasta que se esfuma del todo y desaparece. Del soñador que fue solo quedará, con suerte, un cuerpo voluntarioso cumpliendo con los deberes cotidianos.

Esto es lo que piensa Lucía, agradecida de estar sola, sin histrionismos, mientras mira hipnotizada los millones de personas que se han reunido en la puerta del Sol de Madrid para recibir el año nuevo. En breve el año que termina, con millones de proyectos incumplidos (y cumplidos), pasará a ser un recuerdo…

El hombre del escenario

Desde el primer instante en que aquel hombre nos miró con sus penetrantes ojos oscuros, me dejé llorar entre los brazos de la butaca, de principio a fin.
El hombre del escenario comenzó a hablar igual que hablamos con nuestro amigo del alma sobre un café o una caña, ¡pero sobre un escenario!

Su voz, su mirada y sus gestos nos llegaban sin filtrar desde un corazón luminoso. Se comportaba como uno más de entre las palabras que nos regalaba. No estaba allí para ser aplaudido, sino como currante portador de una historia y canal de las musas. Abierto, sin obstrucciones, dejándose atravesar con humildad por la luz de la inspiración y la eléctrica genialidad.

Parecía ser un instrumento tan bien afinado, tan primorosamente puesto a punto, que no había nada en sus gestos o en su voz que distrajera de lo que contaba; ni cuando alguna vez torció la boca desafinó, porque lo hizo a su manera, en una pícara y alegre tilde hacia el cielo, sin amargura, como los verdaderos genios. Al sonreír el alma se le escapó y se nos coló de un salto llenándonos con su alegría. Me sentí tan agradecida de estar viva que le hubiese plantado un besazo a la de al lado; y a la vez tan fuerte que dentro de mí la violencia perdió su poquísima razón de existir.

Nos transportó desde un escenario desnudo hasta lugares inexistentes a los que acababa de llegar segundos antes, donde nos recibía campechano hasta con el más mínimo detalle. Viéndole mirar hacia arriba, tan pronto nos abría un cielo por el que pasaban las nubes con urgencia, como nos salpicaba con una fiesta de estrellas. Y al mirarnos a los ojos, lo hizo como quienes nos aman no pueden evitar; con tanta curiosidad que recobramos nuestro valor.

Se dejaba estar en cada uno de sus silencios con tal apertura, que varias veces caí a través de su oquedad, descubriendo por primera vez en la mía un espacio sin paredes ni fondo, que por instantes me sobrecogió al llegar a sentirme conteniendo los planetas.

Parecía como si su vida interna borrara los confines de su cuerpo dejando su contenido expuesto a nosotros, sin continente, tanta era su generosidad y su entrega. Se volvió tan transparente como pocos héroes se atreven. Desapareciendo al desprenderse de reglas y deberías, de academicismos y teorías, dejándose ser y estar, fluir y jugar. Comprendimos un poco mejor los sueños, la locura, la libertad y a los niños.

A través del arte; en este caso del amor, de la verdad, del respeto y de la fe del hombre del escenario, recordé lo importante que es ser auténtico en la vida. Reconocí que ser verdadero es tan importante como difícil, pero que aún tiene mucho más mérito llegar a ser verdadero y bonito, como él. Supe que eso era exactamente lo que quería, y que al salir de aquel teatro ya no me conformaría con menos.

Por eso, para empezar, me dejé llorar pacientemente alegrías y miserias, de norte a sur, de dentro a fuera, de principio a fin, hasta gastarme; para elegir con cuidado con qué volver a llenarme.

Recobrarse

30 años lleva la vida viviéndole a Diego en lugar de al contrario, y lo que es peor, él aún no se ha enterado.

6.13am – Igual que en un video clip, Diego llega corriendo al andén a ritmo de iPod e impulsa su cuerpo tren adentro; Puntual e inconsciente hacia más de lo mismo.

6.14am - Satisfecho por cogerlo a tiempo y de sentarse en ventanilla, repara en el anuncio del “porque yo lo valgo” que deja en la estación. Piensa en el pastizal que le han debido de pagar a la actriz; meterle al pelo un chute de amoniaco y decir abiertamente que es “porque se lo merece” es de terapia. Diego disfruta igualmente de lo buena que está de platino y piensa que hoy se ha levantado filosófico.

6.16am - Mira el reloj. La tercera satisfacción es que le quedan 47 minutos de libertad con los Pink Floyd hasta que el tren le escupa a su oficina.

6.19 am – La cuarta y seguramente última alegría de hoy, (penúltima, porque se acaba de acordar de que hoy es Viernes) es que la segunda rubia del día se le acaba de sentar al lado y lo que su minifalda no calienta también. Parece que la vida le sonríe, la rubia está claro que no. Él se corta y disimula mirando al libro en el que la chica se sumerge; de paso le roba unas cuantas líneas, lo único legal que se le ocurre hacerle.

6.22am – “le gusta sentirse en movimiento, dejar atrás todo lo que se va cruzando en su camino, ser libre y móvil, sin frenarse nunca”. La frase que acaba de piratear despierta a un Diego al que siempre le gustó "sentirse en movimiento".

6.25am – Supone que el personaje del libro no puede referirse a este monótono traqueteo de tren de cercanías al que lleva subido años, del que aún no se ha bajado no sabe por qué, y que le ha mantenido hipnóticamente arrullado. Cae en la cuenta de que lo único que ha ido “dejando atrás” en todo este tiempo son las estaciones que se sabe de memoria y sus cumpleaños; que aún no ha necesitado echar el freno porque lleva años sin pisar el acelerador, avanzando por inercia; y en cuanto a lo de “ser libre”… suena el track 3 de La cara oculta de la luna y como prefiere no pensar sube el volumen.

6.27 am - Mira a la ventanilla y sobre el negro ve reflejada por primera vez la cara oculta del muy capullo de Diego, quien aún no le había dicho que lleva más tiempo del razonable subido en el tren equivocado. Así que más Pink Floyd.

6.29am – Ha permitido con indolencia que la vida se le volviera reducida y estática; Se le desvió al ceder las riendas a la comodidad, y comenzó a amurallar con ladrillos cocidos por otros su cerebro, un espacio abierto diseñado para bosquejar incalculables versiones de ilimitadas ideas; Los Pink Floyd gritan.

6.31am - Lo que no se ha vivido se ha perdido. Diego ya es consciente de que hace tiempo que perdió el control. Ahora tiene tres salidas: negarlo con argumentos analgésicos, deprimirse o recuperarlo. Diego ha podido ser un inconsciente, pero como no es ni tonto ni vago ni un llorón, opta por lo tercero.

6.33am –Lo que había creído hasta ahora ya no le sirve. El hecho de que todo lo que pensaba haber conseguido se le tambalee le pone de nuevo la vida en sus manos, ahora sólo depende de él encarrilarla y para esto necesita un nuevo plan.

6.34 am – El tren se para. Los Pink Floyd se callan. La quietud y el silencio le parecen a Diego una analogía. Dicen que cuando el alumno está preparado el maestro aparece. Para empezar parar y callar.


6.35am – Diego da gracias a la rubia y salta del tren. Envía un mensaje a la oficina “Necesito parar para recobrarme. Vuelvo el Lunes”.



6.44am –Diego tiene por delante 72 horas de mucho trabajo si quiere coger el tren el Lunes teniendo muy claro por qué se monta en él y a dónde va.




6.45am – Se quita el reloj, desconecta el móvil, apaga el iPod y empieza por guardar silencio “Porque él lo vale”.

Por primera vez en muchos años, Diego se siente libre.

Desconcierto

La última vez que Pedro y Zoe se vieron, fue la noche en la que su amor reventó lanzándolos despedidos hacia planetas contrarios.

Hoy, tras remendar con tiempo sus palpitantes despojos, algunos días son más felices que muchos, y otros cuantos casi nada. Entre otras penas, en los días de bajón aún se preguntan ¿cómo con lo grande que su amor “pudo haber sido” no supieron “hacerlo ser”?

Pero esta noche Dios está aburrido. Así que, acercando los distantes mundos en los que los ex-amantes han sobrevivido, cubriendo a la pareja por el mismo cielo estrellado, cruzándolos en la misma ciudad, caminando por la misma calle y bajo la luz de una misma farola; esta noche Dios va a jugar con ellos al desconcierto.

Pedro y Zoe se saludan conmocionados al reconocerse después de una década. En tres frases y en honor a la suerte, deciden buscar un bar donde refrescar con cervezas sus risas nerviosas.

Están sentados compartiendo mesa; se ven, se oyen, se huelen. Esto no es un sueño aunque no deje de serlo. Atropelladamente felices saltan de preguntas a respuestas, mientras sus feromonas lo hacen de uno a otro como pulgas desenfrenadas. Descompasados con la música del local, los latidos que oxigenan su pasión golpean cada vez con más fuerza los portones q la contienen.

Para la cuarta caña ya se han dicho todo. Es curiosa la capacidad de síntesis que tiene el ser humano cuando le interesa ir al grano. “¿Te vienes a mi vida?” le pregunta Pedro.

Esto perturba hasta al mismísimo Dios; Zoe está segura de haberle dicho que lleva casada varios años. ¿Pretende Pedro que llame a su marido diciéndole: “cariño, acabo de reencontrarme con el pasado y me acaban de pedir que me mude a otra vida, ¿te importa si acepto mientras tú te quedas tan contento en la nuestra y seguimos siendo amigos?”. Pues a juzgar por su mirada, sí, Pedro lo pretende.

Con el inoportuno “Entre dos aguas” de Paco de Lucía y manteniendo la sonrisa, Zoe toma aire y se levanta a pedir dos cervezas más; también es curiosa la capacidad que tiene el ser humano para crear suspense… Y para salirse por la tangente.

Al llegar con dos copas frías en la mano, como si no hubiese oído nada, Zoe le pregunta cómo es ser él, en qué consiste ser Pedro. Pedro es rápido eligiendo las palabras perfectas para cada una de sus espontáneamente elaboradas respuestas, como también lo es para hacerse el olvidadizo. Zoe, ríe sin parar, a carcajadas, lo cual reaviva en su cuerpo lo que “pudo haber sido”, y como veneno por sus venas corre lo que “podría ser”; El desconcierto la despierta, y toma conciencia de que o sale corriendo ya!!, a toda velocidad!!, o caerá en barrena hacia la vida de Pedro sin querer evitarlo.
Hasta el último glóbulo blanco de Zoe tiembla de vuelta a casa tras el combate. Sus feromonas berrean agarrándosela al cuello. Sus células se sienten traicionadas y quieren salírsele del cuerpo. Sus pulmones le niegan el oxígeno con tal de que pare y se de media vuelta.

Pero Zoe es la responsable entre tanto caprichoso, ella es la que tiene que velar por la seguridad de todos en su cuerpo!!. La decisión está tomada; para bien o para mal hay que aceptarlo. Zoe no permite a ninguno elucubrar con el qué hubiera pasado si Pedro hubiese insistido a Zoe como de verdad se insiste a la mujer que uno ama; Tampoco Zoe va a pensar en ello por la sencilla razón de que Pedro no ha insistido.

De nuevo no han sabido "hacerlo ser". Esta noche, hasta Dios está desconcertado, y bajo su mirada, Zoe camina vulnerable, deseosa de llegar a su hogar, con ganas de abrazarse fuertemente a lo único que “verdaderamente es” y recuperar-se.

Desde UK con amor

- Que no, Juan…

Tras volar miles de kilómetros, la verborrea de Teresa se colaba por el iPhone de Juan hasta el fondo de su corazón. Él la dejaba trastear como Pedro por su casa, orgulloso de seguir siendo su amigo.

- … no nos equivoquemos, que no fue Madrid. Fueron el “Spain is different”, la profesión a la que mal amaba, la gente a la que dejaba opinar sin cuestionar, el amor roto, fui YO la responsable por encima de todo y de todos. Ese YO dentro de quien mal vivía; Yo, obcecadamente fuera de sitio, a la deriva, sin brújula ni salvavidas. No fue Madrid, Juan…

Pero cuando Teresa dejó caer “amor roto” como de pasada, como sólo se habla de lo irreparable, Juan se quedó enganchado. No pudo evitar imaginarse volando hacia ella para intentar pegar los añicos y continuar caminando junto a su Teresa; aquella mujer que seguía siendo incapaz de callar cuando estaba nerviosa. Juan sintió un inmenso cariño al volverla a oír, tan cerca.

- … desde el extranjero entendí el significado de "madre patria". No porque echara de menos España, Juan, aunque la echaba de menos; sino porque este país, sin ser mi madre-patria natural, se comprometió libremente a enseñarme a pescar; y me arropó cada noche con un alto y sólido techo sin pasarme la factura. El viajar aquí me hizo una persona entera. Preparada para solucionar con elegancia.

Tanto a Juan como a Teresa, les gustaba mucho más la Teresa de ahora que la de antes; por lo tanto, sabían que ninguno de los dos volaría hacia el otro para reparar nada. Era mejor que sus disfuncionales pedazos de amor reposaran por los siglos de los siglos en algún vertedero madrileño; que tanto Teresa como Juan los siguieran mencionando de pasada, y que aprendieran a sentirse cómodos queriéndose de esta nueva manera.