Aún no sé porqué



Lo peor que pude hacer al verme salir de casa en aquel estado fue seguirme. Me considero una persona con la cabeza sobre los hombros, por lo que salir a la calle habiendo cancelado mi presentación ante la Junta Directiva, tarareando la canción del verano, sin haber echado el polvazo del siglo la noche anterior, hizo que saltara mi señal de alarma.
Era lunes y llovía con rabia. A los pocos pasos, mis zapatos ya se habían calado y sentía mis pies como vísceras dentro de   tarros de laboratorio. Una ráfaga de viento accionó el castañeteo de mis dientes, así que aligeré el paso para resguardarme lo antes posible. No tenía la más mínima sospecha de dónde podía provenir aquel disparatado sentimiento de esperanza.
Mientras me dedicaba a saltar como sapo, de charco en charco, conjeturé que la reputación que me había ganado a pulso ya habría caído en picado. ¡Tanto esfuerzo para nada!, ¡Idiota! Necesitaba un café. Ofrecí mi reino, o lo que a aquellas alturas quedara de él, por un café.
Una vez en la estación, el calor de la cafetería me abrazó como un hogar, incompleto, respiré el ambiente vacío de algo. Gina, en lugar de recibir tras el mostrador, entre destellos de acero inoxidable, aquel lunes lo hizo en la penumbra, sentada en una de las mesas de los clientes, con un paño de cuadros en la mano derecha y la cabeza hundida sobre ambos, trapo y mano. ¡Menuda guarrada!, esta mujer no entiende de higiene, pensé. “¿Estás bien, Gina?” le pregunté (bueno, la parte naíf de mi lo hizo, esa que tararea cuando caen chuzos de punta, no yo). Por lo visto, la pavisosa de Gina parecía no tener intención de preparar ningún café y eso me fastidió, a mí (vamos, a la otra; a la parte eficiente de mí, digo). Pero Gina, esclafada como huevo crudo sobre silla y mesa, gimoteó “Alguien ha entrado por la noche y al encontrarse la caja sin dinero, ha roto la máquina del café. ¡Capullos!”.
Si estuviera dentro de Gina, reflexioné, le hubiese atado la lengua; esos “capullos” sonaron en su boca aún más esperpénticos de lo que seguramente fueran. Aun así, yo (bueno, ella, me refiero a la otra yo, a la más inocente y empática parte de mí) bien, pues esa, toda encantadora, pidió un té ¡Aun sabiendo que lo detesto! ¡Y que me saca de quicio la improvisación! ¡Si no hay café, no hay café. Punto. A Gina no se le iba a hundir el negocio porque aquel día no nos tomáramos nada, joder!, me grité muy hacia adentro. No podía ser que, de las dos, solo yo (me refiero a mí, a la única parte sensata dentro de mí) fuera capaz de reconocer que, un día más, el mundo conspiraba para amargarnos la existencia.
A través de la ventana vi llegar un tren al andén opuesto. “¡Mi tren!” me sorprendí diciendo. ¿Cómo que mi tren? ¡Tu tren te esperaba en la presentación que has cancelado y me temo que ya lo has perdido! Me aclaré. Pero al verme salir corriendo como tras mi última oportunidad, me seguí una vez más, no fuera a ser que me perdiera del todo.
¡Bien! Conseguí sitio en la ventanilla, junto a la calefacción. ¡Mal! Se sentó un chaval con cascos a mi lado. “Perdona ¿te importaría bajar un poquito la música?” gesticulé tocándole el brazo. “Sí, me importaría”. Contestó con tanta asertividad que no me quedó otra que aceptar que tendría que aguantar el maldito viaje con una música que chirriaba como arañazos en una pizarra ¡con la grima que siempre me han dado! Respiré profundamente y sonreí. Es de cajón que la sonriente no era yo, sino la otra, a mí lo que me apetecía era morder. Mi frustración iba creciendo por momentos. Mientras, la estúpida de mi otro yo permanecía positiva por a saber qué.  
Era la primera vez que cogía aquel tren. Frente a mí, una mujer trajeada, buceando en su portátil, me hizo recordar que para entonces ya habrían acordado frenar mi promoción. Era mi culpa,  claro, solo una perdedora es capaz de ponerse la zancadilla de una manera tan estúpida. Adiós a todo lo que soñé, y aún peor, adiós al respeto que yo misma había conseguido tenerme a pesar de las meteduras de pata de la boba con la que me había tocado cargar de por vida (esa estúpida con fe, la otra, la misma a la que cada día aguantaba menos) ¡Sí, tú! La que tararea la puta canción del verano como si en el mundo todo fuera sobre ruedas ¡No te hagas la tonta! lo más probable es que ¡nos hayas arruinado la vida! Deseé no haber hablado en voz alta y miré a la mujer de enfrente para comprobarlo; afortunadamente seguía sumergida en la hoja de cálculo. Sentí la cara a 50 grados y mi corazón a 170 pulsaciones, pero debido a algún oscuro motivo, a pesar de estar tan cabreada ¡mi otro yo no paró de mostrar satisfacción!
Al bajarme del tren, el viento descoyuntó el paraguas, no podía ser de otra manera, me deshice del revoltijo de antenas en la primera papelera que encontré. Andaba con tal determinación bajo la tromba de agua que me resultó difícil seguirme. Por cada paso que ella daba, yo tenía que dar tres. Mi otro yo caminaba con tal obstinación que le dejé guiarnos, al parecer tenía muy claro hacia donde demonios nos dirigíamos. “¿Pero a dónde me llevas?”, grité. Sin hacerme caso salió del camino asfaltado y escaló por entre árboles, maleza, condones y latas.
Andar por andar, sin saber a donde me encaminaba, era un sinsentido, pero hacerlo bajo la lluvia, calándome hasta las bragas y resbalando en el barro entre basura no merecía ni nombre. “¡Para ahora mismo, joder!” Paró (es decir, paré) vamos, que paramos. “Vale; ahora escúchame, no sé qué te traes entre manos, pero ¿te importaría dejar de ser tan cafre?” Llenó de aire hasta nuestro último bronquiolo y ¡comenzó a cantar la maldita canción!, ¡me ignoró! ¡continuó la marcha!
Si hubiera podido, la habría estrangulado allí mismo. Pero matarla significaba matarme, por lo que no era una opción “¡Eres odiosa, odio tu voz y te odio a ti, jamás te he aguantado, ignorante!” Paró, ahora sí; y con una horquilla forzó el candado oxidado que cerraba la cubierta metálica sobre el pozo al que habíamos llegado.
Sin dejarme tomar aliento y a ritmo de la maldita canción que berreaba, empezó a sacudir los brazos a latigazos, como poseída. Con cada aspaviento, noté como me resbalaba centímetro a centímetro de mi propio cuerpo. “¡Para, animal!, grité, ¡Me vas a arrancar de mí!” Decididamente, se había vuelto loca. Empecé a luchar contra la inercia, pero todos estos años en los que me había dedicado con esmero a acabar con sus debilidades, parecieron habérseme vuelto en contra. Lo que no mata te hace más fuerte y la tonta, aún viva, se había fortalecido. Intenté agarrarme al cerebro como solía, pero sin éxito, mis manos patinaron contra mi voluntad hasta llegar al corazón; me enganché a él pero ya no funcionó, latía con tal rotundidad, a un ritmo tan intenso, que en dos latidos más me desprendió por completo. Salí escurriéndome por debajo de las uñas, ahora las suyas. Había conseguido despojarme de mi propio cuerpo, dejarme desamparada,  como pulga sin perro. 
Lloré, bueno, lloramos, mi otra parte y yo, las dos lo hicimos. Acto seguido, me cogió como trapo empapado que fuera a tender y me dejó caer dentro del pozo. “¿Pero por qué?”, aún me lo sigo preguntando. 
    Nunca hasta ahora me había visto desde arriba, y me vi muy pequeña, tocando fondo por primera vez. Pedí su ayuda, nuestra ayuda; imploré su perdón, nuestro perdón. Silencio. Me miró durante un rato y juraría que fue compasión lo que sintió por mí y que, solo por eso, me tendió la mano. Igual sobre aclarar que a mí aquel gesto me pareció insultante. No pude con él. “¿Tú quien te has creído? ¿En serio piensas que eres superior a mí?" Grité. Ahora era ella la que puso cara de no entender nada. “¡No me mires así, hipócrita, tú eres la perdedora, la que siempre la caga, no yo. ¡Tú eres la inútil, que no se te olvide!”…
No recuerdo qué más dije. Lo que sí se me quedó grabado fue el cielo llorando a mares sobre nosotras, perfilando con su luz el contorno del que había sido mi cuerpo pero que ya no sentía, y el impacto metálico de la puerta al cerrarse sobre mí, dejándolo todo oscuro.

Error de cálculo


Pablo nunca pensó en la trascendencia de determinar el tamaño de un deseo, por lo que, sin darle importancia, se enfrascó en proyectar un sueño "a su medida". 


Tanto se lo ajustó que, al cumplirse, en su nuevo mundo no cupo nadie más que él, y apretado. 

Estar vivo

... ¿Qué haría el amor ahora?
Hazlo.

Un abrazo enorme,
Dios.

T...i...e...m...p...o

Pasas arrollador. 
Y yo siempre por detrás, enganchada a tu rastro. 

  - ¿qué prisa tienes?

Pero te escapas, te escurres con la luz dejándolo todo a medias; y otro día que te has ido. 

Y otra noche que apareces y me extingues, y me observas dormir cuando no te siento. 

  - No te tengo suficiente.

Y te vas. 
Pero vuelves. Y me marcho, pero vuelvo. Siempre así.

  - Yo te quiero aquí, siempre, infinito



Ana suele callar

Ana entra en Facebook y encuentra que su amigo, MaraDona, le ha enviado el siguiente mensaje:

-Últimamente estás muy revolucionaria, ¿Por qué realmente?

Ana se queda clavada a la pantalla. -¿Cómo que estoy “muy revolucionaria”? Ana sospecha que la pregunta de MaraDona, aunque solo sea por el hecho de esconderse tras un nombre falso, de inocente seguro que tiene poco.

-Llamarme “muy revolucionaria” por compartir cuatro fotos en Facebook suena a burla, ¡ya me gustaría a mí hacer algo para merecer el honor! Ana duda de si su amigo no estará intentando persuadirla para que deje de hacer hasta lo poquísimo que hace.
Pedro, el verdadero, el que hay detrás de MaraDona, lleva ya un tiempo dándole vueltas a lo mismo. Ana se acuerda de que en la última borrachera comentó que -lo malo de las revoluciones es que al final, entre todos los que tienen buenas intenciones, siempre acaba saliendo un listo para quedarse con todo, empezando por el poder y terminando por el alma del pueblo. Y acabó llorando, orgulloso de que “España hubiera sido capaz de concederse una democracia”, -aún joven e imperfecta…, especificó, -…pero Democracia, Ana, ¿te imaginas? Dicho esto, Pedro fijó sus ojos rojísimos en los de Ana esperando contagiarla con su entusiasmo. Ella, inmune, respondió: - Sí claro, no paro de imaginármela, Pedro; pero su amigo estaba demasiado borracho y exaltado como para entenderla.

Ana siente tanta ternura cada vez que ve a Pedro vulnerable que no quiso ser ella quien le diera la mala noticia de que a la “Democracia joven e imperfecta” a la que él se refería, muchos la llaman Dictadura económica, otros Cleptocracia.

Ana empieza a escribir un mensaje respuesta a su amigo sin planear qué decir, ni en qué tono:

- Pedro, esta democracia, joven e imperfecta, (por utilizar tus eufemismos) no representa los deseos ni los sentimientos de la colectividad de ciudadanos del mundo sino que, más bien, explota a la mayoría.

Instintivamente lo borra. Para evitar alejar a Pedro es mejor no meterse con su democracia; Ana prefiere creer que ambos desean lo mismo, solo que miran a la luna desde distintos planetas. Y empieza de nuevo:

- Pedro, amigo, a mí, como a ti, como a cualquiera, todo cambio me da miedo, de ahí que siga funcionando el refrán “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, y claro que tenemos que estar con los ojos bien abiertos ante los oportunistas. ¿“muy revolucionaria”? ¿en serio te parece que lo estoy mucho? ¿Estás intentando protegerme de los peligros que tú temes y que crees que yo no veo? ¿o intentas apaciguarme para que con mi actitud no contribuya a que resurja la temida dictadura? ¿Es eso lo que temes de verdad? ¿O temes perder otras cosas? Sé que me quieres, Pedro, y que quieres a los tuyos, pero vivir es arriesgarse, amigo. ¿Crees que no merece la pena correr el riesgo si en el intento pudiéramos evitar que dejaran de morir de hambre 27.000 niños al día?; si de esta manera consiguiéramos reformar la educación, encarrilándola hacia las verdaderas necesidades del ser humano, hacia la empatía y la colaboración, en lugar de incentivar la competitividad?

Ana se permite llorar, necesita claridad emocional para desengancharse. Busca el comunicado que la Asamblea general de Nueva York, que se manifestó en Wall Street, compartió desde la televisión americana con el resto mundo; se lo vuelve a leer y continúa:

- … Amigo, ¿De verdad crees que no merecería la pena correr el riesgo que temes si, con ello, fuera posible que llegara a dominar la igualdad por encima de la opresión; si con ello las corporaciones tuvieran que pedir permiso antes de extraer las riquezas de los pueblos, y del planeta; si con ello se dejara de permitir que se intoxiquen los alimentos que comemos y que obligamos a comer a nuestros hijos; si se prohibiera vender nuestra privacidad; si se dejara de invertir dinero en armas de destrucción masiva y se desviara a proyectos de investigación, educación, sanidad… a proyectos que de verdad mejoraran la calidad de vida de esta y las futuras generaciones; si se persiguieran el trato cruel tanto a personas como a animales; si se terminara con el colonialismo y sus guerras injustas? Pedro, ¿De verdad crees que no merecería la pena correr ese riesgo?

¿Pero qué estoy haciendo? Se pregunta Ana al caer en un detalle que no había tenido en cuenta hasta ahora; está hablando de correr riesgos a su amigo Pedro, alto ejecutivo de una importante empresa de seguridad (!) Se siente tonta, y por segunda vez opta por borrar lo que ha escrito.

Consigue parar, replantearse la respuesta y volver a empezar:

- Pedro, que no nos líen, lo que estamos viviendo no es una revolución, se trata de la evolución natural: lo que pareció funcionar en el pasado es evidente que ya no, y es nuestra responsabilidad ejercer nuestro derecho a unirnos y colaborar para encontrar soluciones; seguir afianzando nuestro poder, porque, como estás viendo, lo tenemos, amigo; estamos descubriendo que tenemos un poder inmenso, el poder del Amor! Y para empezar, sirviéndonos de él como guía, podríamos revisitar, consolidar y asegurar que se respete la declaración de los derechos humanos…

Esta vez, Ana pulsa el botón de cancelar por pudor y sin darle más vueltas, envía la siguiente respuesta:

- Pedro, amigo, últimamente tú no lo estás, ¿por qué... y para qué, realmente? 

De vuelta a casa


Tan pronto como dejó de llover, bajé las ventanillas para inundarnos con olor a tierra fértil y a flores supervivientes; la esencia de la vida enganchándonos para continuar. Habíamos permanecido callados durante horas, con la música a todo volumen  amplificando el lenguage de la naturaleza, como en un poema épico. “¡Ya estamos de vuelta! Hogar, dulce y… amargo hogar! Murmuró John.

Cuando éramos pequeños confiábamos en aquellas praderas, nos pasábamos las tardes corriendo por ellas en todas las direcciones sin querer ir a ninguna. Pero una vez que desarrollamos la musculatura, nuestro horizonte se expandió y ambos, mi hermano y yo, volamos para experimentar el mundo. ¿Sentiría menos culpa si me hubiera quedado aquí, en casa, con mamá y papa, protegida bajo su amor? No, seguro que no. La muerte tiene la habilidad de hacer sentir culpable a quienes siguen viviendo.

Volver al cottage siempre fue regresar a la dulzura de los postres de mama, a sus milenarios consejos, a las bolsitas de lavanda entre la ropa, al calor de sus manos piel de harina. Pero aquella mañana papá nos recibió en mitad del jardín, como novio plantado en el altar, bajo una docena de cuervos graznando. Desde que la enterramos, mamá es ensordecedor espacio.

Al entrar en la casa vacía, fríos agujeros continuaron creciendo dentro de mí. Uno Nuevo al sentir la desolación de las flores mustias en sus jarrones, otro al reconocer la inutilidad del bolso de mama en el perchero, el siguiente al leer “¡Mandar el regalo a Hannah!” con su letra viva bajo el imán. A pesar del esfuerzo de cada detalle para no dejarla ir, la ausencia de mamá continuaba vaciándonos inexorable.

Papá se pasó todo el día en silencio, podando y limpiando el jardín. Cuando terminó, trajo un gran ramo de flores recién cortadas, alguien tenía que hacerlo. Yo lavé los jarrones, y justo cuando coloqué el último sobre la mesa del comedor, el sol brilló; también nosotros lo hicimos, por primera vez.

La cocina se convirtió aún más en un lugar sagrado. Como papá no quiso que tocáramos nada, lo dejamos todo tal cual, con las huellas de mama aún frescas tras su paso por la vida. Fuimos a cenar al “White Lion”, nos sentíamos tan débiles que fácilmente podría habernos comido él a nosotros.

De regreso a casa, una vez que John encendió la chimenea y yo terminé de servir el té, papá trajo el libro que mama había dejado sobre su Mesilla de noche, y lo continuamos leyendo en voz alta por ella. Pasamos toda la noche alternando una ronda de té con cuatro de alcohol; entre lágrimas, mocos, historias pasadas, una montaña de pañuelos arrugados y risas.

Cuando perdemos a alguien una parte de nosotros se va con ellos. En mi caso, mi madre se ha llevado con ella la Hannah que solía protegerse de los malos entre sus brazos.  Nos pasa a todos, nos vamos con los que se van, nos vamos convirtiendo cada vez en menos. La muerte va llenando nuestro cuerpo de oquedades por los que los cuernos vuelan graznando ausencia. Pero continuaré, todos lo hacemos, no me rendiré; como mama solía repetir, “La vida es una prueba de Resistencia.”

Un cuento muy antiguo

Si no entrego un cuento mañana perderé mi trabajo. Soy de las pocas madres solteras que malviven publicando cuentos en una revista, y afortunadamente, porque la mayoría lo hacen desempeñando trabajos feos. Llevo varios días intentando, sin éxito, encontrar trama para mi próxima entrega. Tenía que haberlo enviado hace días pero no me he organizado bien, tener a Paula de vacaciones y malita no ha ayudado. Esta vez han sido inflexibles, acaban de encontrar a una joven dispuesta a publicar por la mitad de lo que yo cobro. “No tendrá un hijo, claro”.

No he pegado ojo. He dejado la cama aún a oscuras, con el corazón y el cerebro a mil por hora. Me he acordado de cuando mi bisabuela se ataba un pañuelo blanco a la cabeza “para que no se le fuera”, que decía la pobre.

He entornado la puerta del cuarto de Paula. Tenía la firme intención de escacharrar el reloj de pared que me regaló la sádica de mi tía y sentarme a escribir lo que fuera. Pero como vivo sola, soy supersticiosa y mi tía está muerta, al pasar por el reloj solo me he santiguado, para que no nos pase nada. “Qué rítmico”, he dicho bajito, sentándome al ordenador.

Me he levantado unas cien veces. “Venga Amalia, persevera”, he pensado, y unas cien veces me he vuelto a sentar. Pero de las musas, ni su silencio. Necesito exprimir el tiempo antes de que Paula se levante y reclame toda mi atención.
Amalia siente el pulso de sus dedos sobre las teclas ASDFJKLÑ, bum bum, tic tac. Lista para lanzarse a escribir ante el menor síntoma de inspiración, pero esta no llega. Hoy, que la necesita más que nunca, no aparece, y Paula va a despertarse de un momento a otro.

Desde que fue madre su tiempo no es suyo, siente que Paula se lo vampiriza, que la requiere incluso más horas de las que tiene el día. “Qué burra soy, ¡como si ella tuviera culpa!”, piensa. Mira a la pantalla. Inspira hondo, expira poco a poco, inspira, expira, bum bum, tic tac. “Persevera, Amalia”. Al contacto inesperado de una manita sobre la espalda, Amalia pega un grito y la niña, del susto, rompe a llorar. “Perdona, cariño, es que no te he oído… ven con mamá, ¿te preparo el bibe?”. Si hoy le dijera que no, si al menos hoy le dijera que no quiere desayunar la dejaría en ayunas gustosa… “T-i-e-n-e-q-u-e-s-c-r-i-b-i-r”, pero Paula asiente. “¡Joder!”, piensa. La lleva en brazos hasta la cocina, la sienta sobre la encimera, mete el biberón con leche en el microondas y busca la papilla. Sabe que todo sería mucho más fácil si ella no existiera, le sería mucho más sencillo salir a adelante sola, “pero que no me la quiten, por Dios”.

Le vienen a la cabeza las decisiones que ha ido tomando en la vida para llegar a la situación en la que está, y “la puta candidata”. Mira a Paula y vuelve a pensar que si no la tuviera podría permitirse cobrar menos. El timbre la sobresalta. Abre la puerta del micro y al coger el biberón este abrasa, como siempre. “¡Joder, joder, joder!, ¡lo que faltaba!”. A Amalia le enternece ver a Paula expectante, tan seria, con los mocos colgando. La limpia y, mientras pone el biberón bajo el grifo del agua fría, empieza a hacer monerías para que sonría: “¡Es que mami está tonta, tonta y tonta!”. Al ver las payasadas de su mamá, a Paula se le descuelga el chupete de la risa.

Las carcajadas de Paula suenan a borbotones de agua fresca, y gracias a su claridad, Amalia despierta y consigue relativizar. Al hacerlo, las cosas vuelven a colocarse en su sitio. Amalia se ve de nuevo, y como por arte de magia, empieza a contarle a Paula un cuento, su nuevo cuento: “La mamá que quería ser mamá y no sabía”. El cuento que ella aprendió de su madre, el cuento de toda mujer, un cuento muy antiguo.

No quiero decirte adiós

Para muchos las palabras son como símbolos, pero para mi marido y para mí, siempre actuaron como pasadizos por los que penetrar en nuestro inconsciente. Esta modalidad de personas nos adentramos en nuestros Universos a través de ellas, por accidente, como Alicia cayó en el país de las maravillas. Pero en la vida real, a diferencia del cuento, hay quienes se quedan allí para siempre.
Carlos y yo solíamos rescatarnos el uno al otro de nuestros cosmos con cualquier excusa. Nos traíamos de vuelta a casa sirviendo comida caliente sobre la mesa, cantando alguna canción, dándonos un beso en el momento preciso... pero aquel día, por un descuido mío, Carlos no volvió. Se coló a través de alguna de las palabras de Huxley y no llegué a tiempo para recuperarlo. Me dejó su cuerpo vacío, cómodamente sentado en el sillón de orejas. Estábamos unidos de verdad, eso nunca nos dio miedo, por eso, al precipitarse, me descuajó de más de la mitad de la que yo era y se la llevó con él. Casi no me reconozco. Desde entonces, mis restos le escriben.

Mimetismo

Luis recibe un empellón de aire rancio al entrar en la concurrida salita que da al jardín. Cierra la boca instintivamente para no tragar vejez, como si así evitase adelantar su deterioro.

Hogar de ancianos “Los Trigales”. Pero a Luis más que a un hogar le recuerda a un hospital o una penitenciaría en mitad de Castilla la seca. Un lugar donde los cuerpos se consumen vaciándose de carne, dejando las pieles adheridas como bolsas arrugadas a los huesos. Donde el presente se arrastra sin prisa hacia el escaso futuro. Donde se oculta con vergüenza nuestro ofensivo final. Puta vida, piensa.

Luis, un repartidor de Interflora con su ramo, sale al jardín y respira de nuevo la mañana del primer domingo de Mayo. Está buscando a su destinataria, Eugenia Durán Soler, “la dama marina”, que dice la tarjetita azul mar. Pero como siempre les ha ocurrido a todos le costará encontrarla.

Los padres de la que convirtieron en Eugenia Durán Soler, sabiendo que muchos animales se mimetizan para pasar desapercibidos por sus enemigos, se esforzaron por educar a su hija en lo que ellos consideraron la ley básica de la supervivencia: el no llamar la atención. Eugenia Durán Soler fue entrenada en esta técnica con precisión.

Bajo repetitivos ejercicios de opresión, represión y vigilancia, Eugenia Durán Soler aprendió a controlar e ignorar sus emociones y pensamientos homogeneizándose así con los demás para no polemizar, no confrontar, no contrariar. Eugenia Durán Soler, siempre cambiante como cualquier otro organismo vivo, aprendió a hacerlo en función de los otros. Cantó las canciones de la radio; vistió a la moda; apoyó los deportes, actividades e ideologías de masa; gastó lo que ganó comprando casi todo lo que los envidiados obtuvieron regalado, y pensó lo que la mayoría, poco y mal.

Gracias a su virtuosismo críptico Eugenia Durán Soler sobrevivió. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir, en la supervivencia no hay entusiasmo. Solo extenuante esfuerzo.

Era la tercera vez que Luis pasaba por delante de un arbusto florido y una exánime Eugenia Durán Soler sin verla. ¿No serán para mi?, dijo ella a su paso. Luis se volvió sobresaltado hacia donde la voz provenía y enfocando, trató de separar lo que eran flores naturales de flores de vestido hasta encontrarse con unos ojos ancianos; nonagenaria gelatina de lágrimas. ¿la dama marina?¿Eugenia? Sí, hijo, Durán Soler, servidora. Contradiciendo a aquellos ojos y por ello engrandeciéndola, la mujer recibió el ramo con una sonrisa entrañable e inofensiva por vacía de dientes.

Los años intentan enseñarnos a vivir en sintonía con lo que la vida nos trae, y como Eugenia Durán Soler es una experta sintonizando, en lugar de interpretar las flores como síntoma de ausencia las recibió como señal de salud y de vida. Si de verdad su hijo pensara que tenía un pie en la tumba habría gastado el dinero en gasolina para ir a verla y darle los que pudieran ser sus últimos mimos. De unos años acá el número de abrazos que recibía y su duración iban en aumento, más numerosos y largos cuanto más corto su futuro.

Antes de que Luis se fuera le pidió leer la tarjeta. Así hizo. Tardó tres segundos en completar en voz alta una frase típica. ¿Ya, hijo? Luis, condescendiente, añadió ¡vaya flores bonitas, esto es amor! Eugenia Durán Soler le sonrió y desapareció fundiéndose de nuevo entre más flores.
Aquella misma tarde, fue vista en la N-430 por última vez. Toda una dama con su vestido florido y su ramo de flores destacando nítida sobre el asfalto gris. Una llamativa mancha multicolor caminando al encuentro del mar.

Líneas paralelas

Con la primavera la gravedad parecía habérsele desprendido del cuerpo junto al abrigo, descubriendo por fin, la tan deseada levedad de su ser. Pesaba tan poco que desde que llegó a la fiesta se sintió flotando, transportado como el polen hacia la flor entre sus amigos, por una brisa que, de pronto, frenó en seco.

Al ver a Mía bailando, sudando ecuaciones y teoremas, Héctor cayó desde el cielo a plomo. Los 15 años en que no se habían visto parecían haberla cambiado poco más que de marca de vaqueros.

Héctor había tenido muchos profesores, pero solo ella se había ganado el título de Maestra. Si había conseguido cierta claridad mental fue gracias a la paciencia con la que Mía les enseñó a sumar manzanas con manzanas y peras con peras. Aún guardaba la TDK que les regaló a cada uno el último día de Instituto, en las que había grabado sus temas preferidos y de su mano, en las carátulas, una frase: Si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno ni es bueno el maestro. Era la despedida. Tan pronto como Mía le dio el cassette, Héctor le arrancó las dos pestañas de plástico para blindarla, sin ser consciente de que con este gesto hacía lo mismo con su corazón.
No daba crédito. Bailando frente a él tenía a la protagonista de sus diarios. Se acordó del famoso par de rectas paralelas que Mía dibujó sobre la pizarra verde esperanza oscura; y de cómo, mirándole a él, les aclaró que por mucho que se prolongaran nunca se encontrarían. Entonces, siendo adolescente y viniendo de Mía, la palabra nunca le provocó asfixia. Por la noche emborronó un cuaderno entero. Igual que aquel día, se imaginó aquellas dos rectas avanzando hacia el infinito, sin perderse ojo, guardando las distancias, siempre equidistantes, sin encontrarse, The Stones Roses, This is the one, Mía frente a él… y se volvió a asfixiar.

Para cuando los ventrículos de Héctor dejaron de darse cabezazos contra el pecho, Mía ya se había bajado del mundo. Estaba afuera, tumbada sobre el césped, mirando las estrellas con esa sonrisa de qué bonita es la vida y qué poco me quejo que el alcohol le provocaba.

Según Héctor se iba acercando, el ritmo cardíaco se le volvió a desbocar. Pero como aún mantenía en plena forma su intrepidez, se pudo tumbar junto a ella casi con naturalidad, y cogiendo carrerilla se lanzó ¿Cuántas hay? Mía, concentrada en localizar Cassiopea, ni se inmutó. Un número perfecto, respondió sin mirarle. Después de oír por primera vez su voz, Héctor ya no pudo frenar : Más de 496, eso se ve, así que serán unas 8128. Porque además de estar cerca del máximo número de estrellas visibles desde la tierra, el siguiente número perfecto es el 33.550.336 y de ser así parecerían unas 10 perfectas plagas de langostas.

Aquella pedantería la hizo caer como estrella fugaz, describiendo un arco perfecto de la Vía Láctea a los ojos de… Héctor! Al reconocerlo pronunció su nombre como chupinazo en los San Fermines y con aquel abrazo borraron los años en los que no se habían visto. Eres un hombre! Dijo como quien descubriera el fuego y por primera vez sintiera el poder de su calor.

Reconocerse les costó dos párrafos, con media docena de recuerdos reavivaron el cariño y encajar algún que otro chiste les bastó para aflojar y sentirse amigos. Suficiente para que Héctor retomara la conversación donde la suspendieron ¿Y ahora que soy un hombre, vamos a seguir siendo dos líneas paralelas? Eso espero, podría ser casi tu madre, recibió a cambio.

Los intestinos de Héctor se anudaron con rabia adolescente. ¿Cómo una mujer tan lista podía llegar a parecer tan tonta? 15 años después volvía a poner la misma excusa. Si permanecieron "en paralelo" fue por su miedo compulsivo a saltarse una estúpida norma. En cualquiera de los casos, continuó, tú me enseñaste que para que dos líneas sean paralelas es necesario que permanezcan siempre en un mismo plano no a tomar por culo. Ambos lo dejaron estar.

Añadieron dos párrafos más a sus pasados, volvieron a recordar y a reír. Mía le intentó convencer de la fuerza que requiere aceptar paralelas en nuestras vidas. Le habló de su determinación por aprender a no intersectar. De cómo cuanto más aprendiera a respetar su libertad menos toleraría la intersección, y por lo tanto, menos intersectaría… Y mientras contaba que dentro de ella habían un montón de paralelas y que a menudo tenía que intervenir para que no se perdieran el respeto unas a otras, localizaron Cassiopea. Lo cual Héctor celebró con un beso para por fin callarla, bajo su luz.

Mía, no es que no respete tu monólogo, al contrario. Pero mi cuerpo también me está hablando de geometría; Me está pidiendo a gritos que me intersecte contigo, esta noche, en mi casa ¿Qué le digo?

Ahora que todos somos adultos y siendo ellos personajes de un relato situado en una fiesta, en un chalet a las afueras de una gran ciudad, en una primavera del siglo XXI; se nos hace evidente que el que Mía sea mayor que él no se sostiene como razón por la que negarse; no nos extrañaría que este mismo motivo provocara el efecto contrario.

Aún así Mía se negó, esta vez el argumento cargaba con el peso de otros miedos: Las rectas que se intersectan en un punto llegan de planos distintos y antes o después están abocadas a desencontrarse, al contrario que las rectas paralelas, que como bien has dicho, permanecen siempre en un mismo plano.

A Héctor aquello no le sonó del todo a negativa, sino todo lo contrario. Mía, yo no he dicho que fuéramos rectas, sino líneas, líneas flexibles, mucho más resistentes que las tozudas, empecinadas, tercas y recalcitrantes rectas.

Si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno ni es bueno el maestro. Lo que Héctor le acababa de decir tenía mucho peso, todo el que parecía haberle quitado a ella. Gracias a la, por fin, recobrada levedad de su ser, a la primavera y a su admiración por aquel hombre quien años atrás ya fue un chico admirable, accedió: Llévame a tu casa.

Éxito

Mi marido me dijo una vez que se puede poner a prueba el éxito de una vida enfrentándolo al fracaso, y continuó:

Para saber si estás haciendo lo correcto con tu vida, imagínate al final de tus días habiendo vivido concentrando todos tus esfuerzos en conseguir lo que ahora deseas. Ten en cuenta todo lo que te estás perdiendo en el camino. Ahora, imagina que mueres sin conseguir lo que te has propuesto, que fracasas en aquello por lo que estás dando la vida.

Si al evocar la situación que te propongo eres capaz de sentir ese fracaso y, aún así, estar satisfecha con el trayecto; si crees que no te confundiste y te dices que si volvieras a nacer volverías a intentarlo con la misma o incluso con mayor concentración; entonces continúa, estás en tu vida; mantente fiel a tu objetivo y a ti porque estás haciendo lo correcto.

Si por el contrario, no puedes soportar el imaginarte en el momento de tu muerte habiendo fracasado en conseguir aquello por lo que ahora estás luchando; si esa imagen te hace sentir haber malgastado tu vida, entonces es que ese sueño no es el tuyo. Tampoco esa es tu vida. Lo que haces te está alejando de ti. !Para! porque no estás haciendo lo correcto.

Yo sabía que imaginarme lo que, con su habitual generosidad, me estaba proponiendo me salvaría en momentos de flaqueza. Era importante entenderlo. Lo veía hablando tan entregado, que me esforcé en aparentar hacer lo que me pedía, para que viera que estaba dando a sus palabras la importancia que merecían.

No fui capaz. Lo intenté, de verdad que lo intenté, con todas mis fuerzas, pero no pude. Porque desde el momento en el que me pidió que me imaginara al morir, me fue imposible evocar mayor deseo o éxito que su abrazo.